El Illimani. Foto: Josué Cortez/ ABI
Las leyendas que envuelven en un manto de misterio y riqueza cultural a La Paz

Las leyendas que envuelven en un manto de misterio y riqueza cultural a La Paz

La Paz, 17 de julio de 2022 (ABI).- El departamento de La Paz está ubicado en la meseta altiplánica a más de 3.500 metros sobre nivel del mar, reúne diversas leyendas que muestran lugares y particularidades de la magia de su riqueza cultural.

Este departamento andino alberga a la ciudad maravilla, la sede de Gobierno, que tiene un valioso patrimonio cultural, inmaterial que está inmortalizado por mitos y leyendas en la memoria colectiva.

La Paz, al pie del inmenso Illimani, asombra a propios y extraños por su topografía accidentada, por su caprichoso clima en el que se pueden pasar por las cuatro estaciones en un solo día. Además, de sus casas que desafían a la gravedad y que parecen extensiones naturales de las montañas.

Rescatamos de Antonio Díaz Villamil y otros algunas de las más hermosas leyendas paceñas.

El Tesoro del Choqueyapu

El río Choqueyapu es el que cruza todo el centro paceño.

Muy cerca de un pueblito vivía hace muchísimo tiempo un hombre sin más compañía que la de un perro. No se sabía de donde había llegado, pero vivía a una milla de la aldea, en una antigua ermita abandonada. 

Cada mes se dirigía a la aldea a buscar lo necesario para su subsistencia y pagaba con brillantes pepitas de oro puro. Su aspecto era bondadoso su mirada dulce y perdida en la lejanía. 

El hombre dejó de hacer sus acostumbradas visitas a las tiendas de la aldea. La noticia de la enfermedad del hombre misterioso cundió en la aldea.  Casi todos los vecinos resolvieron ir a visitarlo.

Entre la comitiva de aldeanos estaban Luquitas e Isabelita, dos pobres huerfanitos que vivían en la aldea.

En cuanto supieron que el solitario de la ermita estaba enfermo, ellos, bajo el impulso de su buen corazón se propusieron ir a la ermita a auxiliar al solitario.

Los aldeanos fueron invadiendo totalmente la habitación, se concretaron a examinar todos los rincones, esperando siempre encontrar el depósito de oro que tanto codiciaban. Más, no hallaron ni la menor huella del precioso metal.

Sólo cuando todos se hubieron alejado, los dos niños se atrevieron a entrar en la ermita.  Se acercaron al lecho del enfermo.

Luquitas, muy preocupado con su papel de médico había echado unas gotas de una botella, después extrajo el ungüento que tenía en una cajita y con ambas cosas comenzó a hacer fricciones en el pecho del enfermo. 

El solitario no pudo contener más tiempo su emoción y, olvidando su estado, extendió los brazos y estrechó tiernamente contra su corazón a sus dos pequeños enfermeros y los adoptó como hijos.

El enfermo, ya reconfortado, les dijo que por primera vez les contaría el secreto de su vida y la causa de su misteriosa conducta con los aldeanos. 

Relató que vivía en un lejano país en compañía de su esposa y sus dos pequeños hijos.Él trabajaba en un banco, pero un día ocurrió un robo y lo acusaron, no logró demostrar su inocencia por lo que fue enviado a la cárcel.

Al poco tiempo su esposa murió de pena y sus dos hijos quedaron desamparados y más tarde murieron en la miseria. Cuando salió de la cárcel recién se enteró de la muerte de su familia, por lo que decidió refugiarse lo más lejos de su ciudad natal y llegó a esas tierras.

Cuando quiso nivelar la tierra para entablar la húmeda habitación se encontró con una gruesa plancha de cobre macizo, que era la entrada a alguna cámara secreta.  Al día siguiente y con la ayuda de su leal cachorro descubrió una especie de palanca del mismo metal que la plancha. La cámara era una gran sala de piedra, semejante a las construcciones de Tiahuanaco.

En cada esquina estaba en actitud de guardia una enorme chullpa o momia. Contra una de las paredes estaban apilados más de cincuenta cofres de cobre macizo, que contenía bolsas de cuero llenas de pepitas de oro nativo.

 Esas ricas pepas de oro no podían pues ser otras que las recogidas entre las arenas del río Choqueyapu.

Como ya era tarde fueron a dormir, dejando para el siguiente día todos los nuevos planes de vida que debía seguir en adelante la nueva familia.

Pasaron los días, y los niños ya no se separaron más de su protector.  Al contrario, cada día se fueron queriendo más y más.  El hombre, radiante de dicha, los acariciaba, y los niños besaban al hombre llamándole papá.

La noticia de que los dos huerfanitos, antes tan pobres y abandonados, habían comprado lindos vestiditos, se extendió rápidamente por la aldea.

El celoso corregidor, que era tanto o más ambicioso que los demás, halló muy fácil portarse con rigor con esos dos pequeños desamparados y los citó a un severo interrogatorio.

Luquitas y su hermanita, que ya presumían el oculto intento de ese interrogatorio, se propusieron no decir una sola palabra.

Irritado por ello el corregidor, los hizo cerrar en un lóbrego y húmedo calabozo.  Al cabo de veinticuatro horas los sacaron de allí para ser cruelmente azotados; les dieron otras veinticuatro horas para que confesaran, amenazándoles con la horca si no accedían.

El perro guardián logró llegar al calabozo y luquitas arrancando parte de su camisa escribió lo que sucedió y se la envió a su protector con el cachorro.

Cuando se enteró de lo ocurrido preparó un plan y fue donde el corregidor para pedir la libertad de los niños. Lo primero que se le pidió fue un crecido rescate. Sin titubear, sacó debajo de su capa un puñado de pepitas de oro.

Después, los niños quedaron libres y el solitario junto a ellos se fueron a la ermita; sin embargo, los aldeanos estaban llenos de codicia.

Los pobladores llegaron a la ermita, dispuestos a apropiarse del codiciado tesoro para demostrar al extranjero que estaban resueltos a todo, comenzaron a disparar sus armas de fuego.

Antes el solitario había ordenado a sus hijos adoptivos sacar 100 bolsas con pepitas de oro, mientras él entretenía a los pobladores. Al final acepto su petición y decidió mostrarles la cámara secreta, lo ambiciosos ya no distinguían entre amigos, hijos o hermanos y se peleaban unos contra otros derramando sangre hasta que no quedó sobreviviente.

En tanto la nueva familia se alejó del lugar y viajaron a empezar una nueva vida en Europa, llevándose el secreto de la ubicación de la cámara secreta.

La leyenda de la papa

En tiempos muy remotos, nuestro país lo habitaban los sapallas  que estaban orgullosos de su suelo.  Sus majestuosos montes nevados, su pampa inmensa y solemne, su cielo diáfano y purísimo, su lago legendario, sus aves, sus flores, todo.

Año tras año, los sapallas después de arar, sembrar y regar constantemente sus inmensos campos, cuando llegaba el día de la cosecha, miraban llenos de indignación como llegaban los Karis y recogían con sus propias manos los abundantes frutos que tanto trabajo y fatiga les había costado.

Los Karis, después de colmar sus depósitos y graneros, recién permitían a sus esclavos entrar a los campos a recoger los desperdicios de la cosecha.

Por ese tiempo vivía entre la raza de los sapallas un niño llamado Choque. Tenía apenas quince años y era el último descendiente de los jefes sapallas. (…) Los orgullosos Karis, sabiendo que Choque era de noble origen, querían humillarlo más que a los demás y le ordenaban cumplir los más bajos oficios. 

Pachacamaj, el Dios de los dioses,  resolvió bajar a la tierra en forma de un bellísimo cóndor blanco.  Desde la altura de las nubes, comenzó  a  avizorar  la ubicación de Choque.

El cóndor, rápido como un rayo se dejó caer verticalmente, deteniéndose sobre una  roca, junto a la cual estaba el pequeño tocando su flauta de carrizo.

Choque, azorado por la  presencia  del  raro animal, agarró su onda para lanzarle un proyectil.  Pero el cóndor, al ver la actitud hostil del joven.

Asombrado y lleno de curiosidad se acercó al cóndor, quien le dijo que sus dioses resolvieron protegerlos de la crueldad de sus opresores.

El joven sapalla aseguró que estaba dispuesto a todo para liberar a su pueblo.

El cóndor le pidió que subiera a la cumbre más alta de aquel monte, donde encontraría un montón de semillas desconocidas para los hombres. 

Le recomendó que en tiempo de siembra la echen en los surcos en lugar de la quinua, oca, kañahua y otros productos que hasta ahora cultivan.  Cuando venga la cosecha y vean sus resultados, entonces comprenderán los sapallas que cuentan con la ayuda de los dioses.

Llegado el mes de las cosechas, los Karis comenzaron la recolección de los nuevos frutos. Y fue tal su ambición que no dejaron ni una sola para sus esclavos.

Los sapallas resignados, después de presenciar desde cierta distancia la ávida cosecha, se retiraron a sus casas con las manos vacías.

Cuando las últimas hojas de las plantas se agitaron el ave blanca ordenó a Choque que, aprovechando de las noches de luna, escarben entre la tierra de los surcos.

Los sapallas vieron con gran sorpresa que las raíces de las plantas que habían sembrado terminaban en unos raros tubérculos.  Cocinaron algunas en el fuego y comprobaron que era un alimento exquisito cual nunca habían conocido.

Era tan abundante la nueva cosecha que tuvieron que emplear treinta noches en transportarla, guardándola cuidadosamente en ocultas cuevas de las montañas.

El pequeño jefe, les habló cálidamente del ideal de libertad y les ordenó que fueran preparando secretamente sus hondas y sus flechas para el día del levantamiento.

 Mientras tanto, los Karis, cuando comenzaron a servirse de los frutos verdes como alimento, empezaron también a sufrir terribles trastornos en su organismo, cada día morían centenares de Karis.  Los restantes, o enfermaban gravemente.

Muy tarde ya se dieron cuenta de que los nuevos frutos eran la causa de su desastre. Entonces, encolerizados contra los esclavos, quisieron castigarlos cruelmente.  Mas el mismo día Choque, desde lo alto de una cumbre, tocó su cuerno de guerra dando la señal del levantamiento.

Los sapallas, fuertes y decididos, salieron a luchar contra sus opresores.  Los Karis, sorprendidos por el repentino denuedo de los sapallas, no atinaron a atacar, ni siquiera a defenderse.

Choque, a la cabeza de los suyos, cayó con ímpetu nunca visto sobre los Karis y los derrotó completamente.

La leyenda del majestuoso Illimani

Cuenta la historia que el hijo de Huiracocha, Illi, conoció a Mana, la hija desterrada por su propio padre, el temible Furia Keschua.

La jovencita disfrutaba mucho cantar lo que enamoró a Illi, pero existía una rivalidad entre ambas familias que hacía que su relación sea imposible.

Pese a las adversidades Illi, inspirado por el cantar de su amada, decidió casarse con ella en contra de todos.

El día del casamiento, los habitantes del valle fueron testigos del levantamiento de un inmenso nevado, blanco e imponente, que se erigió sobre la ciudad mientras la hermosa Mana desaparecía sin dejar rastros.

Mana se había convertido en el inmenso y bello nevado, de 6 mil metros de altura, su nieve es símbolo del vestido blanco que había escogido para su boda.

Ante la pena e ira de Illi, su padre, Huiracocha, decidió convertir a su hijo en la brisa que cubre la cumbre de su amada, así se quedaron juntos por toda la eternidad.

Mucho tiempo después se hizo presente en el lugar el Inca Pachacútej, quien al conocer la historia de amor de ambos jóvenes nombró al cerro nevado Illimani, en honor a Illi y Mana.

La leyenda de la Isla del Sol

Cuentan los relatos que un día el dios Inti (Sol) miró hacia abajo y que lo que vio no le gustó lo que vio en la tierra, porque la humanidad vivía en discordia, desconocían la agricultura, no sabían construir herramientas e ignoraban cualquier tipo de norma de comportamiento social.

Inti decidió enviar a Manco Capac y su esposa, Mama Ocllo, a la pequeña isla del lago Titicaca para que enseñen a la gente los fundamentos de la civilización.

 Él enseñó a los hombres los rudimentos de la agricultura; ella se encargó de que las mujeres se convirtieran en buenas trabajadoras y hábiles artesanas.

Inti encargó a la pareja que buscara un lugar apropiado y fértil para fundar una ciudad que fuera cuna de un imperio. Y de allí salieron en busca del lugar señalado, donde un par de siglos después sería la ciudad de Cuzco, centro político de la cultura incaica.

GMM/Mac


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