Imagen captura de un vídeo. ABI
Hombre quemado vivo en El Alto trae a la memoria el caso de un antiguo linchamiento

Hombre quemado vivo en El Alto trae a la memoria el caso de un antiguo linchamiento

La Paz, 20 de marzo de 2022 (ABI).- Un hombre joven, con pantalón oscuro, y remera blanca con el número nueve en la espalda, es detenido por un grupo de personas en la concurrida y comercial Ceja de El Alto, ciudad aledaña a La Paz.

Alguien alza la voz y le acusa de robarle el celular. Decenas de curiosos se arremolinan y cercan al supuesto ladrón. Una leve brisa invernal recorre las frías calles de la ciudad emplazada a cuatro mil metros de altura.

Una voz de la multitud grita, con voz fuerte y firme, “quémenlo, para que aprenda”.

Nadie se hace escuchar con algún tono de reproche.

Inmóvil, el de la remera con el número nueve se deja rociar la espalda con alcohol.

“Te vas a quedar ahí o te vamos a golpear”, le advierten.

“Prenda, prenda, prenda”, gritan. Y un alborotador enciende la llama para quemar vivo al ciudadano retenido.

El fuego le quema la espalda, corre envuelto en llamas, las personas se apartan. Nadie le ayuda. Ingresa trastabillando a un restaurante de comida rápida. Los dueños y comensales finalmente le auxilian.

Llega la fuerza pública y recibe amenazas. Logra evacuar al maltrecho supuesto delincuente y lo remiten a la División de Delitos contra la Propiedad. Tres de sus agresores le acompañan, también detenidos.

“Será acusado por robo agravado de un celular”, anuncia un oficial a la televisora Unitel. 

Otro canal titula su noticiero: “Vecinos de la Ceja de El Alto, cansados de la inseguridad le prendieron fuego a un supuesto ladrón, acusado del robo de un celular”.

Ocurrió ayer, jueves, pasada las ocho de la noche entre las calles 1 y 2 de la avenida Franco Valle de zona la 12 de Octubre, parte de la Ceja.

Los huérfanos de Rosio Mamacusi

En 2010, también en mayo, ocurrió un hecho similar en la urbe alteña.

Rosio Mamacusi era una mujer pobre. Vivía en un cuarto alquilado en la populosa Villa Victoria de El Alto. Por las noches el gélido viento andino se colaba por las grietas de su diminuta vivienda y en los días de lluvia la filtración de agua empapaba a toda su familia.

Al confirmar el embarazo de su sexto hijo, su pareja decidió abandonarla. Pero nada le dolía tanto como escuchar las quejas de hambre de sus pequeños. Sus senos secos apenas podían amamantar a la bebé de dos meses.

Con un minúsculo capital vendía ropa usada, de tres y cinco bolivianos, en la Feria de la 16 de Julio de los jueves y domingo.

Empezó a beber para mitigar los fríos del alma y hurtar pequeñeces para luego venderlas y llevar el sustento a su hogar.

Pasado el mediodía de un difícil sábado de mayo de 2010, Rosio Mamacusi, que había cumplido 35 años, quiso cambiar la mala fortuna de la jornada cuando vio que una humilde vivienda en el Distrito-7 de El Alto —un barrio pobre nutrido de migrantes del campo— tenía solo escombros de lo que alguna vez fue una vieja pared que la protegía.

Ingresó en el cuartucho de adobe y techo de lata, pero fue detenida por el dueño de casa cuando intentaba supuestamente llevarse dos frazadas y un televisor.

El aturdido propietario convocó a gritos a los vecinos, quienes acudieron en su auxilio y ciegos de ira optaron por el castigo a muerte.

Sus verdugos la martirizaron por interminables dos horas en una cancha de cemento del barrio, mientras ella permanecía con las manos atadas a la malla olímpica del campo deportivo.

La desnudaron, la golpearon una y otra vez y bajos sus pies encendieron una fogata con viejos neumáticos que emanaban negro humo.

Con su rostro ensangrentado, la piel chamuscada y los huesos molidos a palos, suplicó perdón, imploró a Dios por su ayuda y dijo que seis niños aguardaban por ella: una bebé de dos meses y los niños de tres, de cinco, de siete, de nueve y de doce años.

Pero la turba asesina, sin tregua ni perdón, continuó con el castigo.

Algunos vecinos se apiadaron de ella y llamaron a la fuerza pública. Pero cuando los policías llegaron al lugar, Rosio Mamacusi, todavía cubierta de polvo negro que el humo de los viejos neumáticos cubrió la piel de su maltratado cuerpo, ya había muerto para entonces.

Lágrimas sin consuelo, soledad, angustia, ilusiones rotas. Todo, en un suspiro, fue reemplazado por una existencia solitaria y vacía, teñida de sangre, en los últimos minutos de la vida de Rosio Mamacusi.

La policía tenía entonces muy poca influencia en el Distrito-7, como en otros barrios de la ciudad de El Alto. Cuando lo creen necesario, los vecinos toman la ley en sus propias manos. Decenas de personas, como Rosio, han muerto en los últimos dos décadas linchadas en esa urbe, como en otras ciudades del país.

Muchos de sus habitantes no sólo fueron víctimas, sino también perpetradores de violencia.

El gobierno, el Defensor del Pueblo y los organismos de derechos humanos, en su momento, se han esforzado por aclarar que los linchamientos no son un medio tradicional de hacer justicia.

Sin embargo, hay un sistema que ha fallado en responder a las necesidades de justicia.

Las turbas que linchan persona saben que no están aplicando justicia comunitaria, sino que están cometiendo asesinato.

La familia de Rosio Mamacusi no supo entonces cuál sería el futuro de los seis huérfanos y pidió por aquellos días que la ley se imponga y se castigue a los autores del crimen.

Los fríos del alma enmudecieron a la hermana de Rosio cuando su sobrina de siete años, como adivinando su profunda tristeza, le dijo: “Tía, si mi mamá está enferma, no llores, nosotros la vamos a cuidar”.

Mac



© CopyRight — Agencia Bolivia de Información 2022 ABI