Uno de los murales sobre el derecho marítimo boliviano que guarda el Museo de las Fuerzas Armadas.
Goyo, el estafeta que trajo la indignante noticia de la invasión chilena

Goyo, el estafeta que trajo la indignante noticia de la invasión chilena

La Paz, 23 de marzo de 2023 (ABI).- Las fuerzas de artillería de Chile desembarcaron cerca de las seis de la mañana del 14 de febrero de 1879, al puerto boliviano de Antofagasta. Minutos después, el Blanco Encalada se dirigió a Tocopilla y Cobija, y el O’Higgins a Mejillones. La toma de territorio boliviano era inevitable.

Ante tal afrenta invasora, el prefecto del Litoral boliviano, coronel Severino Zapata, escribe una nota al coronel Emilio Sotomayor, comandante de las Fuerzas de Operaciones, en la que anuncia la inminente salida de “la pequeña fuerza de esta guarnición” rumbo a Cobija “cediendo a fuerza mayor”.

Antes de emprender la caminata y tomando muy en cuenta la recomendación de Sotomayor de hacerlos sin armas, el Prefecto del Litoral dirigió a sus compatriotas la siguiente proclama:

"Ciudadanos: Enviado por el Gobierno de mi Patria a desempeñar la Prefectura de este Departamento, atravesando una difícil época, he sabido cumplir con los deberes de mi cargo, unido siempre a mis ciudadanos. Hoy se ha realizado un atentado incalificable, un escándalo que jamás se presenciará en pueblos civilizados. Sin fuerzas para combatir a los invasores, que alentados por nuestra debilidad hacen gala de entereza, usurpando derechos, hollando la dignidad boliviana, arrojando a las autoridades, consumando, en fin, un hecho que no necesita definirse para ser conocido en toda su monstruosidad, deformidad e injusticia, ¿qué queda por hacer? Abandonar el territorio invadido que no es posible defender, después de una solemne protesta a nombre de Bolivia, cuyas fuerzas han sido desconocidas a nombre de América, que presencia espantada el ultraje que recibimos".

"Bolivianos: La primera autoridad, a nombre de la Patria, abofeteada, os llama a que os reunáis en torno del desgarrado pabellón de Bolivia, para repetir nuestra protesta, único camino que nos deja la suerte".

Las fuerzas chilenas tenían muy claro su objetivo. Desplazaron los buques Blanco Encalada, Almirante Cochrane, Esmeralda, Chacabuco y Tolten, y tomaban sin resistencia el territorio patrio.

El comandante general de la Escuadra de Chile, J. Williams Rebolledo, se trasladó en el blindado Almirante Cochrane a Tocopilla donde dirige al subprefecto un activo comunicado: “Por orden de mi gobierno paso a ocupar militarmente este puerto y todo el Litoral boliviano”.

El subprefecto M. Abasto responde que “no teniendo más fuerza armada que cuatro policías de sable, no puedo oponer resistencia alguna a la determinación de su nota, apoyando en la fuerza de cuatro buques, dos de ellos de gran poder. Y me limito a este respecto a protestar enérgicamente de ataque tan violento, arriando el pabellón de la república en el momento de entregar este oficio al comisionado por usted”.

La agresión

La estrategia chilena fue más allá de la agresión armada. Apostó también a generar un ambiente hostil en Bolivia, tratando de volcar a la ciudadanía contra el presidente Hilarión Daza con mentiras.

El súbdito extranjero Dámaso E. Uriburu y Benjamín Vicuña Mackenna se crearon la mentira de que Daza ocultó la información de la invasión porque estaba sumergido en la fiesta de los Carnavales.

El escrito de Gastón Velasco, presidente de “Acción Marítima”, hizo valer la verdad de los hechos frente a esa abierta agresión chilena en el artículo “Daza no ocultó la noticia de la invasión chilena”, publicado en el matutino Presencia y que lo recopiló Enrique Vidaurre Retamoso en su libro “El Presidente Daza”.

Éste es el escrito:

“El Presidente Daza no escondió ni ocultó ni un minuto la noticia de la invasión. Tampoco es cierto que él continuó divirtiéndose en las fiestas del Carnaval de ese año trágico, no obstante, de hallarse en posesiones de dicha noticia. Probaremos y demostraremos que es injusto ese cargo ominoso".

La pasión política, el odio, la maledicencia, se han ensañado siempre contra el gobernante caído. Con mayor encono fue contra Daza, si en aquel aciago tiempo el país experimentaba una crisis aguda, hambrunas, sequías, pestes, tremendas calamidades y, por otro lado, la acechanza de los pérfidos vecinos del Mapocho, esperaban el instante o pretexto para ensangrentar nuestro territorio. Ese fue el caso de Hilarión Daza.

Es propicio al momento de reivindicar su memoria y limpiar la mancha que le arrojan los historiadores sin probidad, al menos quedará incólume en este capítulo de la iniciación de la guerra del Pacífico.

Proviene el error de la intriga que sembró el autor chileno Benjamín Vicuña Mackenna, con el tenebroso fin de precipitar un colapso político o militar en aquellos días difíciles, mellando el crédito del presidente Daza, a fin de desmoralizar la defensa y descomponer la armonía de la alianza, con su secuela de desastres. Tal fue la intención maligna perseguida.

Estos mismos argumentos se han infiltrado en las páginas de nuestro material histórico. Por eso la acusación es insensata, es innoble, la rechazamos. El malévolo chileno, publica a fin de abril de 1879, en la prensa de Santiago, el párrafo que copiaremos a la letra. Hacemos advertir que, en esa misma fecha, Daza se encontraba ya en Tacna con su Ejército, encaminándose al teatro de operaciones.

Resalta el objetivo que perseguía el enemigo de malquistarlo a Daza con el pueblo boliviano. Transcribimos lo publicado por Vicuña Makena: “La noticia de la ocupación por las armas de Chile de la Plaza de Antofagasta, que tuvo lugar el 14 de febrero, no llegó a La Paz, con la tardanza de la larga travesía del desierto y al lento paso de la acémila, sino en alas del vapor y del alambre eléctrico. En consecuencia, el Presidente Daza tenía conocimiento de lo que pasaba, el jueves 20 de febrero, día en que aquella ciudad y en todo Bolivia llamase el ‘Jueves de compadres’ porque es el comienzo del retozón y en ocasiones desaforado carnaval”.

Hagamos que la verdad ilumine nuestros cerebros, examinando el siguiente itinerario y la tremenda peripecia, el desesperado trance, todo el mecanismo angustioso y heroico que significó vencer la distancia y la forma de recepción del parte bélico acerca del vandalaje consumado por Chile.

Los chilenos asaltaron el puerto de Antofagasta el viernes 14 de febrero, dedicándose al saqueo de las casas comerciales, bodegas y casas particulares, ocuparon las oficinas de la Prefectura, de la Policía, de la Capitanía del Puerto, Edificio de Bomberos, Templos, etc.

Sigamos computando los demás días: el sábado 15, la tropa y la rotería se dedicaron al vandalaje, asaltando domicilios de los bolivianos en busca de botín y bebida.

El domingo 16, a las 4 de la tarde llegó el vapor ‘Amazonas’ de la Compañía Inglesa de vapores, enarbolando la bandera boliviana, que fue cambiada de inmediato por la chilena. El Prefecto Severino Zapata, autoridades y muchas familias bolivianas, tomaron ese vapor para salvarse de la furia de la soldadesca chilena alcoholizada. El ‘Amazonas’ zarpó en las sombras de la noche.

El lunes 17, llegó a Tocopilla, a bordo los repatriados suscribieron un manifiesto de protesta. Asimismo, en Tocopilla, los diputados por el Litoral lanzaron otro manifiesto.

El martes 18, prosiguió el vapor a Iquique, puerto peruano donde, al saberse la noticia, el cónsul boliviano mandó un telegrama a Tacna informando escuetamente lo sucedido en Antofagasta.

El miércoles 19, llegó el vapor a Arica; en el muelle se encontraba el Cónsul boliviano residente en Tacna, Manuel Granier, que había viajado exprofesamente a ese puerto para inquirir noticias que el telégrafo desde Iquique le había adelantado.

Dicho señor Cónsul, al conocer detalles fidedignos del asalto de Antofagasta, se preocupó en redactar las noticias para el Gobierno y mandar de inmediato a La Paz.

El jueves 20, llamado de “compadres”, salía de Tacna el correo extraordinario enviado por el Cónsul Sr. Manuel Granier con los partes y la correspondencia oficial, urgente, encomendadas al estafeta Gregorio Collque, más comúnmente conocido como el “Goyo”. Fue el héroe sufrido de esta titánica jornada de vencer 76 leguas en seis días, cruzando los desiertos, precipicios, cumbres cordilleranas, la soledad matadora de la altiplanicie, sin un descanso, sino el precio de acampar solitario.

Bolivia no tenía servicio telegráfico y el único medio de comunicación que podríamos llamar directo, era el camino de Tacora a Machacas.

Admirable el valiente estafeta que hizo de “chasqui” imitando las hazañas del pasado imperio de los incas. Héroe anónimo digno de ser exaltado. Así desempeñó su papel de responsabilidad el “Goyo” Gregorio Collque.

El Goyo, venció el siguiente itinerario en seis días:

Jueves 20.- De Tacna al pueblo de Palca: 11 leguas.

Viernes 21 De Palca a la posta de Huchusuma: 14 leguas.

Sábado 22.- De Huchusuma a la posta de Chulluncayani: 14 leguas.

Domingo 23.- (Carnaval). De Chulluncayani al pueblo de San Andrés de Machaca: 13 leguas.

Lunes 24.- (Carnaval). De San Andrés de Machaca a la posta de Tambillo: 14 leguas.

Martes 25.- (Carnaval). De Tambillo a la ciudad de La Paz: 10 leguas.

Total: 76 leguas.

El Goyo llegó al Palacio de Gobierno a las 11 de la noche, se presentó a la guardia averiguando dónde estaba el Presidente, se encontró con Anselmo Salamanca, como así se llamaba el cochero de Daza. Fue quien lo llevó primero a la casa de don Carlos Frías en la esquina de las calles Yanacocha- Mercado, donde la familia de la señora Margarita Valdivia. En dicha casa festejaban el carnaval en compañía de los siguientes invitados: señora Candelaria Campero de Soria, Edelmira Barrancos de Benguria, Carmen Aguirre de Suárez; las señoritas Castillo, los señores Melitón Cano, Rosendo Estrada e Isaac Tamayo. También había estado un breve tiempo el Presidente con su comitiva, habiendo dejado esa invitación para asistir a otra de su compadre, el Intendente de la Policía Coronel José María Baldivia.

Ante la insistencia de la búsqueda, el señor Rosendo Estrada se prestó a acompañar al cochero y al estafeta Goyo hacia la residencia del Coronel Intendente Baldivia, situada en la calle Pichincha, donde actualmente se halla edificada la iglesia de los padres jesuitas.

En efecto, allí estaba el Presidente en una reunión carnavalera, acompañado de sus edecanes y amigos de mayor confianza y muchas familias invitadas al baile.
La inesperada visita les causó enorme sorpresa.

Fue en la casa de los Baldivia donde se conoció la indignante noticia de la invasión chilena.

El cochero Salamanca exigió la urgencia de la entrevista ante la parte gravísima que debía informar el estafeta Goyo y entregar la correspondencia del Cónsul de Tacna.

El Coronel Baldivia lo hizo pasar a un salón reservado. Es de imaginar la zozobra causada, cuando el Presidente acompañado de sus edecanes recibió la infausta noticia; tras la lectura de oficio y partes; cruzó a prisa el salón principal, encaminándose de inmediato al Palacio.

Los invitados, ante la extraña conducta del presidente y edecanes que salían apresuradamente de la casa, rodearon a Goyo Collque que había quedado en la casa, interrogándole lo ocurrido. Les comunicó cuanto sabía sobre el asalto al puerto de Antofagasta.

Eran las doce de la noche y la noticia se divulgaba públicamente en toda la ciudad”.

* Con información del libro El Presidente Daza, de Enrique Vidaurre Retamoso


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