Las ciudades y el terror
Las ciudades y el terror

Las ciudades y el terror

Las ciudades las hacen las personas.Ésa es una frase que se utiliza muchísimo en presentaciones, conferencias, simposios y exposiciones de las y los expertos en el desarrollo de las ciudades. Efectivamente, las ciudades son lo que son gracias a lo que la gente que vive en ellas puede hacer y cómo se puede relacionar.

Estas relaciones hacen que ciertos ejes se desarrollen más que otros, dependiendo de la visión de la población y, principalmente, de la lectura que sus autoridades hacen de las potencialidades, disputas y dificultades que se han presentado o que se pueden presentar en su territorio.

Con la abrupta aparición de la COVID-19 en el escenario, especialmente urbano (recordemos que el 90% de los contagios a nivel mundial, fueron en ciudades) la frase “las ciudades las hacen las personas” requiere precisarse añadiéndole “y el altruismo o la sordidez de sus autoridades se encargan de dirigir o truncar su desarrollo”. Esto último ha pasado en todo el mundo y no se aplica solamente a las ciudades, sino inclusive a países enteros.

En la primera ola de la pandemia en 2020, las autoridades nacionales decidieron encerrar a toda la población (en ese momento parecía la medida más efectiva, por lo menos para los países en los que la COVID había llegado con anticipación y que tienen, por supuesto, otras condiciones). Siguiendo el modelo de la OMS, esas autoridades decidieron militarizar las calles de las ciudades para que no exista movimiento alguno. Así, cada familia debió arreglárselas en sus viviendas (que en muchos casos en nuestro país están compuesta únicamente por una habitación y que no cumplen las condiciones mínimas para vivir adecuadamente) para subsistir alrededor de casi tres meses. Y usaron la pandemia y el terror para robar.

Como digo, este modelo parece haber tenido buenos resultados en otros países y es probable que en la cuestión de contingencia sanitaria que estábamos viviendo en ese tiempo, haya sido una medida inteligente. Sin embargo, ya que las ciudades las hacen las personas, dejar a una gran cantidad de población urbana (el 70% de la población nacional ya vive en las ciudades) encerrada en espacios que no necesariamente cumplían las condiciones mínimas para habitar, ha resultado en otro tipo de complicaciones económicas (más del 70% de la población económicamente activa en las ciudades genera sus ingresos en la economía informal), psicológicas (el encierro ha generado altos niveles de ansiedad, especialmente en las poblaciones vulnerables) y sociales (la violencia intrafamiliar se ha incrementado en el tiempo de cuarentena) que no se habían previsto en las reuniones de gabinete, donde se definieron las medidas.

Peor aún, mientras toda la población en las ciudades se encontraba en cuarentena, no faltaron autoridades (y familiares de autoridades) que aprovecharon su posición para delinquir y/o para usar de manera indebida los bienes del Estado o inclusive para instalar redes interinstitucionales de corrupción. Parece ser que una cortina de humo como la pandemia les ha dejado un escenario propicio para hacer negocios turbios. El 2020 nos ha dado un abanico inmenso de ejemplos de este tipo de acciones y actitudes.

Pero esa práctica no fue exclusivamente durante la cuarentena y a razón de la pandemia.Últimamente hemos evidenciado (a pesar de los fastidiosos gritos con los que algunos actores políticos se desgañitaban denunciando una supuesta persecución política de parte de las autoridades del nuevo gobierno legítimo, contra aquellas autoridades que, claro ha quedado, han asumido cargos en base a una primera acción, por lo menos irregular) que el accionar de varias exautoridades (los exministros Murillo y López aparecen en primer plano de la fotografía, pero se nota que aún falta bastante por desentrañar) estaba centrado casi exclusivamente en el delito y la corrupción desde mucho antes de ese periodo de urgencia nacional.

Utilizaron el miedo y la intimidación para mantener en sus casas a familias que, en muchos casos, necesitaban del trabajo diario para subsistir. Mientras ellos podían viajar por todo el país (moviendo inclusive a amigos, familiares y “conocidas”) so pretexto de coordinar acciones. Es muy fácil cuando todo el mundo está encerrado con el miedo del virus tocando la puerta. Es muy fácil, decía, encontrar la manera de “aprovecharse” de este tipo de circunstancias, para hacer lo que se ha deseado desde hace tanto tiempo.

Y luego, cuando la cuestión se presentó desbordada y sin perspectivas de poderse controlar, soltaron el timón y le entregaron la responsabilidad a los gobiernos locales, para que se arreglen como puedan, sin recursos, sin condiciones y sin capacidad técnica especialmente en el sector de salud (no voy a negar que la sanidad pública ha sufrido enormes falencias desde hace muchísimo tiempo y tampoco hemos tenido la capacidad para solucionar esos problemas cuando aún no enfrentábamos una pandemia mundial). Desaparecieron y dejaron a las ciudades a la deriva, a su suerte. Y, por detrás de las administraciones locales, las familias que sobrevivían con ingresos ya precarios antes de la COVID, debieron imaginar soluciones subrepticias y subversivas, no existía otro camino. Ahí se generaron redes de solidaridad que son dignas de aplaudir y resaltar. Sin embargo, nuevamente apareció el aparato represivo de los ministros del terror, aislando (por una mezquina visión política) a barrios y comunidades enteras de ejercicios comunitarios de respuestas a los problemas urgentes en las ciudades: alimentación, medicamentos e ingresos económicos. 

Mientras algunas familias estiraban la sopa con un poco más de agua para que alcance un día más, con temor a salir, no solamente por el virus, sino por la presencia militar en cada esquina, que amenazaba con “hacer desaparecer en 10 segundos” a las personas que intentaban buscar algo para llevar a sus hogares, algunos ministros se aprovecharon negociando con absolutamente todo el aparato del Estado a su disposición, socapados por un grupo de medios de comunicación antipopulares que hoy tienen incrustada la espina de haber dejado ganar al bloque popular una vez más.

En un 70% de la población en la economía informal, el encierro resultó el empujón necesario para que aquellas familias que estaban al límite, caigan en el abismo de la pobreza. Hoy el desafío está en ver cómo salimos del abismo al que la pandemia y la desastrosa administración nacional en 2020 (justo en tiempos de COVID) nos han empujado. Esto pasará, pienso yo, por aclarar todo lo que se había hecho y dejando precedentes contundentes para que ni unos ni otros se animen si quiera a pensar en hacer negocio con la desgracia humana, pero, fundamentalmente, (y más urgente aún) buscar alternativas para que ese más del 70% de la población nacional que genera sus ingresos en el sector informal (el porcentaje muy parecido al de toda la gente que hoy vive en las áreas urbanas de nuestro país) encuentre incentivos suficientes para hacer transitar sus ingresos hacia un mercado más “formal” que le entregue seguridad, tranquilidad futura y, principalmente, respuestas a urgencias sanitarias y educativas. 

Javier Reynaldo Delgadillo Andrade/.


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