Ciudades y COVID
Ciudades y COVID

Ciudades y COVID

Las ciudades deben ser el lugar para vivir bien. Eso requiere, más que acciones urgentes y de corto plazo, una mirada innovadora y con proyección de largo alcance. Pensar en la “normalidad” como la de antes, nos llevará simplemente a profundizar las desigualdades que hemos construido hasta ahora.

Hemos llegado a la tercera ola de la pandemia (o esta tercera ola nos ha encontrado mientras caminábamos despreocupados). Mientras en algunos lugares vemos filas larguísimas de personas que buscan su primera (o segunda) vacuna, en otros se encuentran sillas vacías y personal sanitario a la espera de que aparezca “alguien que quiera vacunarse”.

Mientras tanto, las fiestas (clandestinas o no) han comenzado a reventar la quietud de las noches. Los mercados han vuelto a abarrotarse de gente en días de feria (en otros días que no son de feria también). El transporte público ha olvidado (parece intencionalmente) las restricciones de cupo de pasajeros y aforo por motorizado. Y mucha gente en las calles de nuestra ciudad ha decidido guardar su mascarilla y dejar sus pequeños dispensadores de alcohol en algún rincón de sus casas. Tal parece que, a pesar del riesgo (y la desesperación que vemos, escuchamos y sentimos, producto de la acción despiadada del virus), hemos decido “pasar del COVID” y seguir nuestras vidas.

Hace más o menos un año, grandes expertos, teóricos y estudiosos se habían dado a la tarea de imaginar cómo sería “volver a la normalidad” en nuestras ciudades, luego de haber vencido al virus. Se habían lanzado varios desafíos, como el fortalecimiento de lo público (especialmente en el sector de salud), modelos híbridos de educación (virtual, semipresencial y presencial), el teletrabajo como herramienta innovadora para los empleadores y para los empleados y un gran grupo de otras alternativas que deberían servir para enfrentar un futuro que, se había resaltado, ya no iba a ser igual. No es casual que las recomendaciones y los cuestionamientos se centren en lo que se hace en las ciudades. Con un porcentaje cercano al 95% del total de los contagios a nivel mundial, las ciudades se han convertido en el epicentro de la pandemia.

Ahora bien, esas alternativas propuestas podían servir, por supuesto, en las ciudades de Europa, varias del hemisferio norte y algunas latinoamericanas. Sin embargo, producto de nuestra diversidad, de las condiciones en las que nuestras ciudades han encontrado de súbito al virus en sus calles y en sus hospitales, en muchos casos por la desidia de los gobiernos (locales, en particular, pero no exclusivamente), por la ausencia de coordinación y en muchos casos por ausencia de políticas públicas claras (a propósito o espontáneamente), en las ciudades bolivianas esas propuestas de “evolución” de las ciudades han sido muy poco aplicables (por no decir inviables).

En Bolivia, producto de las fuertes restricciones definidas por el anterior gobierno en la primera parte de la pandemia, muy poco se ha podido hacer. Las condiciones precarias en las que el virus ha encontrado a las administraciones locales, regionales, departamentales y hasta a nivel nacional, ha permitido simplemente responder a manotazos sobre algunas cuestiones desesperadamente urgentes (no hablaremos aquí de todos los hechos de corrupción con los que se ha manchado la lucha contra el COVID en la gestión 2020).

Sin embargo, a pesar de ello, se han visto iniciativas dignas de elogiar, en su mayoría, que provienen de la misma acción social, de la misma fuerza de las comunidades, los barrios y las organizaciones. Más allá de aquello, la primera y segunda ola nos ha demostrado que las ciudades no estaban preparadas para enfrentar una pandemia de este tipo. Las restricciones definidas por el gobierno nacional, respecto al cierre de negocios (por ejemplo) han hecho que los gobiernos locales vean sus recursos notablemente reducidos, lo que ha dado como resultado, claro está, un margen muy corto para pensar en alternativas financiadas directamente desde lo público. Peor aún, las respuestas de las autoridades locales y nacionales han demostrado muy poca imaginación, iniciativa y audacia.

Luego de ello, y en medio ya de la tercera ola, con un ejercicio de vacunación que se acelera de a poco, pero que aún no alcanza la velocidad que se requiere, debemos pensar en aquella “nueva normalidad” prometida por expertos, pensadores y académicos. Tal parece que la población en las ciudades (o por lo menos una buena cantidad de ella) ha decidido construir una nueva normalidad muy parecida (si no idéntica) a la que existía antes de la pandemia.

Es, efectivamente, muy complejo en realidades como las de nuestras ciudades bolivianas, pensar implementar modelos foráneos. Con una economía informal que sobrepasa el 70% en este momento (centrada esencialmente en las ciudades), los modelos de teletrabajo y telemercado parecen no encontrar lugar. De igual manera, aquellos ejemplos de mejor “re-uso” del espacio público, planteado por los expertos internacionales, no son aplicables en realidades periurbanas en las que aún existen deficiencias muy profundas. En nuestras ciudades aún existen zonas que no cuentan con servicios básicos (o por lo menos su acceso es limitado) y, por tanto, esos modelos basados en nuevas costumbres sanitarias serán muy complicados de implementar, cuando las familias no cuentan con agua potable suficiente para su alimentación diaria.

En ciudades como las nuestras, en las que “lo normal” giraba en torno a la insalubridad, el desorden, la inseguridad y, en general, las desigualdades espaciales (aquellas diferencias territoriales marcadas entre los barrios ricos y los barrios pobres, a la que las autoridades, especialmente las locales, han fomentado por ingenuidad o adrede), parece ser que los desafíos se han multiplicado para las nuevas autoridades. Dependerá de su capacidad de innovación, de la audacia con la que enfrenten este tiempo y, por sobre todo, de su apertura y disposición para la coordinación, no solamente con el Gobierno nacional, sino también (y fundamentalmente) con los diferentes actores sociales y políticos de su territorio, que puedan salir airosos de esta batalla y, más aún, puede significar una bocanada de aire fresco para su gestión y para su proyección política futura.

Javier Delgadillo Andrade/.


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