Mi La Paz y nuestros grandes desafíos
Mi La Paz y nuestros grandes desafíos

Mi La Paz y nuestros grandes desafíos

Cuando inició julio, mes de mi La Paz, tomé la decisión de escribir sobre lo maravilloso de esta ciudad, de sus calles hacia el cielo, de sus graderías infinitas, de sus bajadas, de sus callejones perdidos en el corazón, de Jaime Sáenz, de Víctor Hugo Viscarra, de las hermosas y fuertes cholitas, de los corbatudos de última moda, del Hormigón Armado, de las Mujeres Creando, de las laderas, de los mercados, de los cafés, de la zona Sur, de su Illimani, de su Muela y de esa Ceja que se le pega al borde, de su gente y de la gente que llega de todo el país y el mundo a asentarse en esta hoyada, buscando construir futuro.

En esta intención de escribir sobre mi ciudad, me puse a pensar en el estado de situación de la ciudad de La Paz, de sus grandes problemáticas y sus desafíos estructurales. Encontré así el último documento presentado por el programa de ONU-Hábitat en Bolivia, con quienes el Gobierno nacional ha venido trabajando la construcción e implementación de la Política Nacional de Desarrollo Integral de Ciudades. Este documento denominado “Primer Reporte del Estado de la Prosperidad de las Ciudades de Bolivia”, pretende organizar un gran grupo de información que se ha generado, principalmente desde el Gobierno nacional, pero también desde las administraciones locales, implementando un instrumento prefabricado por este organismo internacional para comparar las ciudades a nivel mundial, mediante las condiciones que se incorporan a la condición de “prosperidad” desde la perspectiva de ONU-Hábitat (para otro espacio dejaremos la discusión sobre lo que significa “prosperidad”).

De igual manera, encontré un interesante espacio promovido por el Instituto Boliviano de Urbanismo - IBU (organización de reciente creación mediante la que algunos académicos han comenzado a discutir sobre la situación de las ciudades en Bolivia, sus perspectivas y desafíos) en el que se habló sobre la ciudad de La Paz. Esta mesa de diálogo que se ha generado de manera virtual ha puesto sobre la mesa algunos temas importantes que, desde mi punto de vista, merecen una reflexión y un texto adicional sobre sus afirmaciones respecto de nuestra La Paz.

Tomando en cuenta estos dos escenarios (el institucional presentado por ONU-Hábitat con datos oficiales del Gobierno nacional y del Gobierno Municipal de La Paz, y el otro, académico, reflexivo en su mayoría, que presentaron Marcelo Arroyo, Carlos Villagómez y Hugo José Suárez, con la moderación de Juan Cabrera y Juan Ramón Rivera) intentaré en éste y en el siguiente texto, desde mi humilde posición de ciudadano poco experimentado, menos formado, pero interesado y apasionado de estos temas, hacerlos dialogar y proponer algunos desafíos que parecen estructuralmente fundamentales, o fundamentalmente estructurales, como se lo quiera ver.

Comenzaré diciendo que el trabajo de ONU-Hábitat ha significado un esfuerzo interesante por ordenar la información de las ciudades y diferenciarla de la información municipal genéricamente (no se había logrado antes un resultado similar desde el Estado). Esto ha dejado en evidencia que el país (en general) no cuenta con información desagregada suficientemente para que los gobiernos locales (y el Gobierno nacional) puedan tomar decisiones basados en ese tipo de evidencia, para las ciudades. Más allá de eso, la aplicación del CPI (sigla en inglés para el Índice de Prosperidad de Ciudades) elaborado por el programa de ONU-Hábitat Bolivia, ha sido una decisión tomada por el propio programa y, desde mi punto de vista, puede aún requerir un ajuste en función de las particularidades de nuestro país e incluso de cada una de las ciudades bolivianas. En el intento de consolidar un instrumento que le permita a ONU-Hábitat comparar las ciudades bolivianas con las demás de la región y del mundo, es posible que se haya podido perder la perspectiva de las características concretas de nuestro país. Como decía el arquitecto Villagómez en el espacio generado por el IBU en el caso de La Paz, “es una ciudad con condiciones y características plurinacionales y particulares”, y no está bien encasillarla en un modelo genérico de planificación (y en este caso, de seguimiento y monitoreo). Pienso, por ejemplo, que el CPI no pone atención a una dimensión vital para la vida cotidiana en nuestro país (y que se ha visto aún más importante en el último tiempo), que es la participación activa de la sociedad en la construcción de su ciudad (más allá de la aplicación de mecanismos de democracia tradicional, lo que la gente en esta ciudad ha exigido es la posibilidad de construir su futuro de manera directa). Más allá del esfuerzo y las capacidades institucionales, el aparato público (genéricamente hablando) no logra alcanzar la velocidad con la que la misma población genera soluciones a los problemas que debe enfrentar en el momento en que decide vivir en la ciudad (otro momento discutiremos las razones) y pensar que lo que define la administración de una ciudad termina definiendo todo lo que sucede en la ciudad, es un poco menos que ingenuo. Es la gente, son los nuevos actores, como decía Hugo José Suárez en el espacio del IBU, quienes construyen la ciudad, con, sin, o incluso en contra de la administración pública.

Independientemente de ello, creo que el documento presenta datos que pueden servirnos para identificar el estado de situación de nuestra ciudad de La Paz. El documento evidencia, por ejemplo, que la ciudad de La Paz ha alcanzado una puntuación de 46,3, en una escala del 0 al 100 (correspondiente a la aplicación del CPI, respecto de su índice de prosperidad). Si transferimos esta calificación a la escala educativa tradicional, está claro que, a pesar del esfuerzo desde lo público, La Paz se ha aplazado.

Si vemos la disgregación del CPI para la ciudad de La Paz, además de la situación de la región metropolitana de La Paz, veremos que (como el resto de las ciudades bolivianas) las variables relacionadas a la calidad de vida y equidad social, alcanzan puntuaciones aceptables (66,71% y 75,78%, respectivamente) mientras que en las demás dimensiones de Productividad, Desarrollo de Infraestructura, Sostenibilidad Ambiental y Gobernanza y Legislación, los resultados de la ciudad de La Paz no alcanzan ni el 50% de la puntuación planteada (37,38% en Productividad, 49,92% en Desarrollo de Infraestructura, 29,46% en Sostenibilidad Ambiental y 45,24% en Gobernanza y Legislación Urbana). Nótese que las puntuaciones más bajas de la ciudad de La Paz están relacionadas a su capacidad para producir y a su relación con el medio ambiente, dos cuestiones que en este tiempo han demostrado su conexión directa y urgente.   

Un dato que parece importante: La Paz alcanza una densidad de 7.019 habitantes por kilómetro cuadrado (1,7 millones de personas en 240 km2), muy lejos de la media recomendad por ONU Hábitat, de 15.000 hab/Km2. Considerando el modelo clásico de desarrollo urbano, se presupone que, a mayor densidad, mayores posibilidades de mejorar los datos en las variables de productividad. Sin embargo, este tiempo de pandemia (entre 2020 y 2021) nos han planteado justamente la necesidad de re-pensar este modelo (tal como dice Villagómez en la mesa de discusión organizada por el IBU), especialmente para centros urbanos como los bolivianos en los que, primero, los problemas estructurales no son los mismos a los de las grandes ciudades del mundo y, segundo, la población tiene un arraigo diferente y cuenta con una característica particularmente importante: la multilocalidad. 

Un dato interesante se presenta en la dimensión de inclusión social, donde la ciudad de La Paz alcanza una de las mejores calificaciones a nivel nacional (72,58%), frente al municipio de Achocalla (por ejemplo), también parte de la región metropolitana de La Paz, con uno de los peores resultados (61,02%). Este mismo fenómeno se repite en el índice de calidad de vida, en el que La Paz ha alcanzado una puntuación importante (66,44)%, mientras que sus vecinos están muy por debajo de la media, como por ejemplo Viacha (47,55%), Achocalla (52,34%) e inclusive El Alto (56,36%). Estos datos nos muestran la posible relación dispar entre los diferentes centros urbanos y, por tanto, la presión que unos ejercerán sobre otros.

En cuanto a la dimensión ambiental incorporada por ONU-Hábitat en su CPI, La Paz se encuentra por debajo del promedio de las ciudades bolivianas, con una puntuación de 27,06%. Esta dimensión mide la gestión de los residuos en el territorio y la concentración de CO2 en el aire. Creo que también es importante evaluar las políticas de gestión de residuos y sus impactos en el medio ambiente, no solamente en el territorio particular, sino también en el de sus vecinos, pues, tal como sucede en el caso de La Paz, el impacto de la gestión de residuos sólidos ha generado problemas más allá de sus límites administrativos.

La dimensión de productividad es la peor calificada para La Paz. Entre los indicadores que impactan en esta calificación está, por ejemplo, la capacidad de generación de ingresos propios desde el Gobierno municipal, la generación de empleo y la aglomeración económica. En este último caso, La Paz no pasa de 8,9% en la calificación y representa la ausencia de un modelo de aprovechamiento de la densidad poblacional respecto de la actividad económica. El modelo de ONU-Hábitat (que indirectamente se cuestionó en el evento de IBU) plantea que debe promoverse de mejor manera la aglomeración y la densidad, puesto que ello implica la posibilidad de aprovechar estas características de escala para generar mayor riqueza. Sin embargo, como decían los expertos en el evento del Instituto Boliviano de Urbanismo, es posible, primero, que nosotros tengamos características particulares que no pueden ser evaluadas por una herramienta diseñada para megaciudades y, segundo, las nuevas condiciones postpandemia y los actores paceños (no solamente en La Paz, sino en el mundo) deben hacernos repensar en este modelo de aglomeración y de concentración poblacional. En este marco, también debemos reflexionar sobre la presencia del aparato público y su responsabilidad (para bien o para mal) del movimiento económico en la ciudad de La Paz y veremos la gran dependencia que La Paz tiene del Estado y lo poco que se ha hecho para cambiar esta realidad.

Independientemente de lo que digamos respecto de la pertinencia de esta herramienta desarrollada e implementada por ONU-Hábitat en Bolivia, no hay que negar que aún tenemos en La Paz varios desafíos que deberemos afrontar si queremos recuperar la posición privilegiada en el desarrollo del país y de la región, tal como sucedía en anteriores décadas. Estos desafíos pasan, coincido, por pensar el crecimiento equitativo de la economía en la ciudad, relacionado además y directamente con modelos sostenibles ambientalmente y una perspectiva metropolitana de los grandes problemas físicos (que luego devienen en sociales). Pero se presenta con urgencia un desafío muchísimo más grande y estructural: La construcción de una cultura ciudadana paceña (que pasa por procesos continuos y larguísimos de educación para la ciudadanía, como planteaban en el IBU) que reconozca la corresponsabilidad de la construcción de futuro entre la gente que vivimos en esta hermosa ciudad y las autoridades de turno. Este último desafío es la tarea vital que deberemos enfrentar para que la calidad de vida, la equidad, la productividad y el equilibrio con la Madre Tierra y cualquier otra iniciativa que se pretenda implementar en nuestra hoyada, sea realmente sostenible. Esos son los desafíos que deberemos enfrentar con gran dedicación, para que, como decía en algún otro artículo, logremos construir un pueblo de La Paz, para perpetua memoria.

Javier Reynaldo Delgadillo Andrade/.


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