Una casera sirve una sajta de pollo en un agachadito paceño. | Fotos: UMSA.

La Paz, 16 de julio de 2026 (ABI). – Una olla humeante basta para anunciar que allí hay un agachadito. En pocos minutos se forma una fila, los pequeños bancos se ocupan y quien llega tarde no duda en buscar un rincón en la acera para disfrutar el plato. Esa escena, tan cotidiana para los paceños, también habla de la historia, las costumbres y la forma de habitar la ciudad. Una investigación de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) explica por qué esta tradición es una expresión de la identidad paceña.

Aunque miles de personas frecuentan estos puestos desde las primeras horas de la mañana hasta entrada la noche, pocas veces se detienen a pensar en el valor cultural que encierran. En algunos de los más antiguos todavía se conservan las chiwiñas, cubiertas tradicionales que con el tiempo dieron paso, en muchos casos, a las sombrillas. Bajo ellas, las caseras —como conocen los clientes a las vendedoras— sirven platos recién preparados para estudiantes, comerciantes, transportistas, trabajadores y familias. Con precios accesibles y recetas transmitidas entre generaciones, estos espacios se consolidaron como un punto de encuentro de la vida cotidiana.

Comensales disfrutan de un agachadito en la vía pública.

Esa realidad llamó la atención del investigador Mircko Vera, del Instituto de Investigaciones Sociológicas de la carrera de Sociología de la UMSA, quien decidió estudiar un fenómeno conocido por generaciones de paceños, aunque pocas veces analizado desde la academia.

De acuerdo con el estudio “La ruta del agachado: trabajo, género y alimentación en la calle”, cuyos resultados fueron difundidos por la casa de estudios superiores, esta tradición posee características que la distinguen de otras formas de venta de alimentos en la vía pública presentes en distintos países de América Latina.

La investigación concluye que ofrece comidas elaboradas, preparadas cada día y servidas sin infraestructura fija, una combinación que dio origen a una práctica profundamente vinculada con la historia y las costumbres de la ciudad.

“Todo el mundo conoce el agachadito, lo identifica, pero no siempre lo puede definir”, sostiene Vera, citado en el boletín institucional de la UMSA.

El trabajo también visibiliza a las mujeres que sostienen esta tradición. Detrás de las grandes ollas cubiertas con aguayos están, principalmente, las caseras que hicieron de la cocina un medio de sustento y una forma de construir el futuro de sus familias.

La investigación también desmonta la idea de que todos estos espacios responden a una misma realidad. Detrás de cada puesto existen trayectorias familiares, laborales y sociales distintas, una diversidad que suele pasar inadvertida para quienes llegan únicamente a comer.

Detrás de las ollas cubiertas con aguayos y mantas, las caseras mantienen viva una tradición.

Otro de los hallazgos establece que esta práctica no puede analizarse de la misma manera que otras expresiones de comida callejera. Aunque la venta de alimentos en la vía pública está presente en varios países, el estudio sostiene que en La Paz adquirió características propias que hoy forman parte de la memoria colectiva.

Para Vera, la gastronomía también expresa la identidad de una ciudad. “Paceño que no ha caído en un agachadito, especialmente después de festejar cualquier cosa, no es paceño”, afirma.

En el mes aniversario de La Paz, la investigación invita a mirar con otros ojos una escena que suele pasar inadvertida. Cada vez que una fila espera un banquito libre o alguien sostiene el plato sobre las piernas, también mantiene viva una costumbre que la sociología identifica como una de las expresiones más cotidianas de la identidad paceña.

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