La Paz, 16 de julio de 2026.- Mientras los patriotas preparaban el levantamiento del 16 de julio de 1809, un grupo de mujeres convirtió sus casas en centros de conspiración, escondió mensajes entre los pliegues de sus polleras, financió la causa libertaria y desafió la vigilancia española. Su aporte resultó decisivo para la Revolución de La Paz, aunque sus nombres rara vez forman parte del relato principal de aquella gesta.
La historia suele recordar a Pedro Domingo Murillo y a los protomártires que encabezaron el movimiento libertario. En ese relato, las mujeres aparecen pocas veces, pese a que muchas arriesgaron su patrimonio, su libertad y hasta su vida para mantener viva la causa antes y después del levantamiento.
A partir del Diccionario Histórico del Departamento de La Paz, de Nicanor Aranzaes (1915); Documentos para la Historia de la Revolución de 1809, de Carlos Ponce y Raúl Alfonso García; Mujeres de la Independencia, de Arturo Costa de la Torre; y de una entrevista concedida a ABI por el historiador Randy Chávez, es posible reconstruir el papel que desempeñaron varias de estas protagonistas.
Sus historias muestran que la lucha por la libertad también se libró con ingenio, organización y una valentía que desafió las normas de una época en la que las mujeres pasaban inadvertidas para las autoridades coloniales.
La mujer que entregó su fortuna a la revolución
Vicenta Juaristi Eguino (1780-1857) nació en una de las familias más acomodadas de La Paz. Huérfana desde muy joven, heredó una importante fortuna que, lejos de conservar para asegurar su bienestar, decidió poner al servicio de la causa libertaria. Entregó sus bienes, comprometió a su familia con el movimiento revolucionario y asumió riesgos que marcarían su vida para siempre.
Cuando los principales dirigentes comenzaron a ser vigilados por las autoridades españolas, Vicenta convirtió sus propiedades en refugios para la conspiración. Bajo la apariencia de elegantes tertulias, las reuniones permitían a los patriotas debatir los pasos del movimiento sin despertar sospechas.
Una de sus casas, situada en el Alto de Santa Bárbara, una antigua zona tradicional de La Paz que hoy forma parte del centro de la ciudad, se transformó en un improvisado taller de municiones. Allí trabajaban mujeres del pueblo que fabricaban proyectiles y, al mismo tiempo, convencían a otras paceñas de sumarse a la causa revolucionaria.
El historiador Chávez destacó que Vicenta fue una de las principales benefactoras del movimiento.

“Vicenta Juaristi dio parte de su fortuna para que pelearan los revolucionarios; incluso alimentó a quienes llegaban desde Argentina para apoyar la causa”, explicó.
La conspiración alcanzó uno de sus momentos decisivos el 29 de junio de 1809. Ese día reunió en su casa a los principales comprometidos con el levantamiento bajo el pretexto del cumpleaños de su hermano Pedro Juaristi. La celebración sirvió para ocultar una reunión en la que se exhibieron las municiones fabricadas en Santa Bárbara y se ultimaron los detalles de la insurrección que estallaría pocas semanas después.
Durante esos meses estrechó su amistad con Úrsula Goyzueta. Ambas coordinaron una red de informantes y mantuvieron contacto permanente con los patriotas.
Cuando la persecución ordenada por el general José Manuel de Goyeneche se intensificó, escaparon hacia Sapahaqui junto con otras familias comprometidas con la revolución para evitar ser capturadas.
La derrota del movimiento no quebró su determinación. Mientras muchos de los líderes eran ejecutados o partían al exilio, Vicenta continuó financiando la causa independentista. Respaldó a quienes llegaban desde las Provincias Unidas del Río de la Plata —actual Argentina— y mantuvo comunicaciones entre Lima, Cuzco y Buenos Aires, una tarea que implicaba un enorme riesgo en una época en la que cualquier contacto con los rebeldes podía pagarse con la vida.
Su compromiso tuvo un alto costo personal. Las autoridades españolas la condenaron a muerte y confiscaron buena parte de sus bienes. Aunque logró salvar la vida, terminó prácticamente despojada de la fortuna, después de destinarla al sostenimiento de la causa libertaria y de involucrar a su propia familia en la lucha por la independencia.
Años después, cuando Bolivia ya había nacido como República, la historia volvió a colocarla en un momento decisivo. En 1825 fue la encargada de entregar simbólicamente las llaves de la ciudad a Simón Bolívar, un gesto que reconocía la trayectoria de una mujer que entregó su patrimonio, comprometió a los suyos y desafió al poder colonial en favor de la libertad.
La chola que burló al poder colonial
Simona Josefa Manzaneda (1763-1862), una chola paceña conocida como ‘La Jubonera’, encontró en la vida cotidiana la mejor forma de desafiar al poder colonial. Mientras los soldados españoles vigilaban a los principales cabecillas del movimiento libertario, ella recorría las calles de La Paz como una comerciante más. Nadie imaginaba que aquella mujer de pollera, dedicada a la costura y a la venta ambulante, ocultaba entre las presillas de su vestimenta mensajes destinados a los revolucionarios.

Su condición le permitió pasar inadvertida en una ciudad donde las mujeres indígenas y mestizas formaban parte del paisaje cotidiano. Aprovechó ese anonimato para ingresar a los cuarteles. Mientras ofrecía sus productos observaba el movimiento de las tropas, calculaba la cantidad de soldados y recogía información que luego entregaba a los patriotas.
También visitaba las casas de los principales cabecillas para transmitir mensajes, ofrecía refugio a los insurgentes y promovía la donación de joyas destinadas a financiar la causa libertaria. Lo que para las autoridades españolas parecía una actividad común era, en realidad, una eficaz red de inteligencia.
Su participación no se limitó a las tareas de espionaje. El 16 de julio de 1810 encabezó una de las montoneras organizadas desde el barrio de Santa Bárbara. Cuatro años más tarde volvió a empuñar las armas durante la toma de la ciudad del 24 de septiembre de 1814, cuando los patriotas intentaron recuperar el control de La Paz. Aquellas acciones confirmaron que su compromiso con la libertad iba mucho más allá del trabajo clandestino.
La actividad de Simona terminó por convertirla en uno de los principales objetivos de las autoridades realistas. En 1816 fue capturada por orden del gobernador Mariano Ricafort. El castigo buscó sembrar el miedo entre la población y escarmentar a quienes apoyaban la causa libertaria. Primero la despojaron de sus prendas, luego le cortaron sus trenzas y la montaron sobre un asno para exhibirla por las calles de la ciudad.
Durante el recorrido recibió azotes en distintos puntos de la entonces Plaza Mayor, hoy plaza Murillo. Después fue baleada y abandonada, aunque logró sobrevivir a aquella brutal represalia.
Contra todo pronóstico sobrevivió y vivió lo suficiente para presenciar el nacimiento de la república y ver cómo el ideal por el que había arriesgado su vida comenzaba a hacerse realidad. Su historia quedó registrada como la de una mujer que transformó una pollera, una aguja y un canasto de comerciante en herramientas para sostener la Revolución de La Paz.
La mujer que desafió al enemigo disfrazada de indígena
Úrsula Goyzueta (1787 – 1854) fue una de las colaboradoras más cercanas de Vicenta Juaristi Eguino y una de las mujeres que mantuvo viva la red clandestina de la revolución paceña. Los registros históricos la describen como una mujer de espíritu guerrero, decidida a poner en riesgo su fortuna, su libertad y su propia vida por la causa independentista.
Cuando la persecución se intensificó, junto con Vicenta huyó hacia Sapahaqui. Después de ese episodio, Úrsula volvió a incorporarse a la resistencia.

Para trasladar mensajes se disfrazaba de indígena y recorría distintos caminos sin despertar sospechas, una estrategia que permitió mantener el contacto entre los grupos patriotas cuando cualquier comunicación podía significar una condena.
Su compromiso no quedó limitado a las tareas de espionaje. En 1814 encabezó una montonera desde el barrio de Santa Bárbara y, junto con Ramona Sinosaín, disparó un cañón contra las tropas realistas. Ese mismo año participó en las acciones que terminaron con la derrota del gobernador español Valde Hoyos, uno de los episodios más recordados de la resistencia paceña.
La persecución volvió a alcanzarla en 1816. Las autoridades españolas la capturaron y la condenaron a pagar una elevada suma de dinero. Después le arrancaron la ropa, le raparon el cabello, la pasearon sobre un asno por las calles de La Paz, la azotaron públicamente y la dejaron atada durante varias horas en la entonces Plaza Mayor.
El castigo buscó intimidar a quienes apoyaban la revolución, aunque terminó convirtiéndola en una de las mujeres que simbolizaron la resistencia frente al poder colonial.
Las hijas que heredaron el sacrificio de su padre
Tomasa y Teresa Murillo Durán (1795-1856 y 1790-1860) fueron hijas de Manuela Durán y del protomártir de la Independencia, Pedro Domingo Murillo. La historia las recuerda como ejemplo del valor de las mujeres patriotas, no solo por el vínculo familiar con uno de los principales líderes de la Revolución del 16 de Julio, sino porque compartieron de cerca el camino hacia la libertad y soportaron las persecuciones, la pobreza y el dolor que dejó la causa emancipadora.
Los registros históricos muestran que Tomasa acompañó a su padre incluso durante su huida.
“Entretanto Murillo fugó para las montañas de Songo en compañía de un amigo suyo Manuel Rivera, de un soldado Goyoso y de su hija Tomasa”, señala Documentos para la Historia de la Revolución de 1809, de Carlos Ponce y Raúl Alfonso García.
Esa obra la describe como “la hija abnegada, llena de amor por su progenitor que comparte con su padre su doliente y amarga vida de prisionero y fugitivo”.
Quizás por ello es la hija de Murillo sobre la que existen más referencias históricas, mientras que el resto de sus hermanos desapareció de la vida pública por temor a nuevas represalias y después de caer en la miseria.
Uno de los episodios más conmovedores ocurrió el 29 de enero de 1810, pocas horas antes de la ejecución de Murillo. Al despedirse de Tomasa, la abrazó y le entregó su denario, un anillo y un pañuelo con una recomendación que quedó registrada para la historia: “Hija mía, huye hasta el valle de Josaphat; has sufrido tanto como yo; huye de La Paz, sin mirar a tus espaldas”, según la misma publicación.
Teresa también vivió un momento que marcaría el resto de su vida. Un día antes de la ejecución de su padre acudió a despedirse de él. De acuerdo con Mujeres de la Independencia, de Arturo Costa de la Torre, Murillo también le entregó un anillo y pronunció unas palabras que con el tiempo se convertirían en uno de los símbolos de la gesta libertaria: “Conserva esta única prenda en prueba de mi cariño; y recuerda siempre, que la tea que dejo encendida, nadie la apagará y la patria agradecida, cuidará de tu existencia”.
Décadas más tarde, el profesor e historiador Óscar Bonifacio Siñani, en una publicación de 2012, recuperó otro testimonio que refleja las consecuencias que la Revolución dejó en la familia Murillo.

Relata que, durante una conversación con un historiador especialista en ese periodo, conoció el testimonio de Tomasa, quien recordó sus últimos años con estas palabras: “Yo fui la primogénita y soy la última de mis hermanos (…). Muero en la mendicidad, en un lecho debido a la caridad pública. El anillo que me dio mi padre, lo conservé como una reliquia hasta que el hambre me obligó un día a deshacerme de él”. Al día siguiente de ese testimonio falleció, en 1860.
La madre que entregó a sus hijos a la revolución
María Linares nació en Arequipa y se estableció en La Paz en 1805. Desde el inicio del movimiento emancipador alentó a dos de sus hijos a incorporarse a la causa libertaria, quienes más tarde integrarían las guerrillas comandadas por José Miguel Lanza.
Su apoyo a la revolución también tuvo consecuencias. Acusada de colaborar con la heroína Simona Manzaneda durante la insurrección de Santa Bárbara, fue obligada a pagar una considerable suma de dinero antes de ser confinada a Pelechuco.
Cuando regresó a La Paz encontró un hogar marcado por las ausencias. Solo dos de sus hijos permanecían con vida; uno de ellos se hallaba en Lima junto al ejército del Libertador. Mariano Linares regresaría años después y alcanzaría el grado de general de la República.
El Diccionario Histórico del Departamento de La Paz, de Nicanor Aranzaes, resume su legado con una frase que refleja el reconocimiento que alcanzó entre sus contemporáneos: “Mujer valerosa, digna de encomio por su patriotismo”.
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