Beni, 30 de julio de 2026 (ABI). – Una bandera sagrada desaparece en la espesura de la Amazonía. Los guardianes del bosque y de las aguas se han apoderado de ella. Doce guerreros solares avanzan para recuperarla mientras San Ignacio de Loyola enfrenta a los espíritus que custodian la selva. La lucha termina con la recuperación del emblema y la victoria de la luz.
No es una escena de una película ni un relato llegado de tierras lejanas. Es el mito fundacional que el pueblo mojeño conserva en su memoria y que, cada año, vuelve a cobrar vida en las calles de San Ignacio de Moxos, Beni, durante la Ichapekene Piesta.
Para entender el relato hay que remontarse a San Ignacio de Loyola, el militar español que, después de ser herido durante una batalla contra los franceses, abandonó la carrera de las armas y emprendió un camino espiritual. En 1540 fundó la Compañía de Jesús y eligió seguir la “bandera de Dios”, en oposición a la búsqueda de poder y riquezas.
Años después, la figura del santo llegó hasta la Amazonía boliviana con los jesuitas y fue incorporada por los mojeños a su propia cosmovisión. San Ignacio de Moxos fue fundado el 1 de noviembre de 1689, en el lugar conocido como Ichase Awasare, que significa “Pueblo Viejo”.
Pero aquel no sería su emplazamiento definitivo.
En 1749, una epidemia golpeó a la población. Los habitantes la atribuyeron entonces al “mal viento” y a una antigua creencia sobre una bestia que salía del río para alimentarse de las personas. Con el tiempo se supo que aquella enfermedad correspondía al sarampión. La misión tuvo que trasladarse y terminó estableciéndose en el territorio donde hoy se encuentra San Ignacio de Moxos.
Es en ese contexto donde la tradición oral sitúa el episodio de la Bandera Santa.

Durante el traslado, la comitiva llevaba la Bandera Santa y el Puri, un gran farol que también adquirió un significado sagrado para la comunidad. Pero la selva, en la memoria moxeña, nunca fue un espacio vacío.
Los Jichis, espíritus vinculados a los bosques y las aguas y considerados sus antiguos dueños, se enfrentaron a los viajeros y, según la tradición, lograron apoderarse de la Bandera Santa y del Puri.
San Ignacio no se dio por vencido.
Para recuperar los símbolos sagrados contó con doce guerreros solares, los chiripieruana, que en la celebración actual están representados por Los Macheteros. Con sus grandes tocados de plumas, estos guerreros representan la fuerza del sol y protagonizan el enfrentamiento contra los guardianes de la selva.
La lucha no ocurre en un bosque vacío. En el universo de la leyenda, los animales también forman parte de una naturaleza viva. Tigres, ciervos, aves y otras criaturas aparecen como figuras de una Amazonía habitada por fuerzas y espíritus.
Y entre todos esos personajes están Los Achus, los “abuelos” de la fiesta.
Considerados espíritus protectores del bosque, Los Achus son las figuras más reconocibles de la celebración. Sus grandes máscaras de madera, narices prominentes, pelucas y trajes extravagantes los convierten en personajes imposibles de pasar por alto. En las calles juegan, hacen bromas, provocan al público y acompañan el recorrido.
Pero su presencia tiene un significado que va más allá de la picardía.
Tras el enfrentamiento, los guardianes del bosque no son destruidos. Según la tradición, los vencidos reciben la luz y la clarividencia, entendidas como el conocimiento de Dios, y se incorporan al nuevo orden cristiano. La victoria, por tanto, no termina en exterminio, sino en integración.
Por eso, cuando llega la noche, el fuego aparece sobre las cabezas de Los Achus. Sus característicos sombreros alados llevan estructuras cargadas con bengalas y petardos que, al encenderse, hacen brotar destellos sobre sus cabezas. Esa luz representa la transformación de los antiguos guardianes y el don de vivir en armonía con la biodiversidad y las fuerzas de la naturaleza.



Los Achus, guardianes del bosque. | Foto: GAMSIM.
La batalla termina, pero la luz permanece.
Según la tradición, San Ignacio logra rescatar la Bandera Santa y la lleva hasta lo alto de una montaña como señal de victoria. Después, debilitado por el esfuerzo, muere durante el retorno.
Entonces el apóstol Santiago toma el relevo y lleva la Bandera Santa y el Puri hasta el territorio moxeño, donde ambos símbolos pasan a ocupar un lugar central en la fiesta.
Con el paso de las generaciones, aquella narración se convirtió en una representación que reúne elementos de la tradición cristiana y de la cosmovisión indígena. Los espíritus del bosque, los animales, los guerreros, los abuelos y las demás figuras dejaron de pertenecer únicamente al relato de los mayores para convertirse en protagonistas de una tradición que se renueva cada año.


Los Macheteros y los animales, como el tigre, son personajes que no faltan en la fiesta. | Foto: MTSCyF.
La Unesco reconoce a la Ichapekene Piesta como una festividad sincrética que reinterpreta el mito fundacional moxeño de la victoria de San Ignacio de Loyola y lo asocia con las creencias y tradiciones indígenas. En 2012 la celebración fue inscrita en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Así, lo que para un visitante puede parecer una sucesión de danzas, máscaras, plumas, música y personajes fantásticos tiene detrás un relato que explica buena parte de la fuerza de la Ichapekene Piesta.
Los Macheteros, Los Achus, el Tintiririnti, los animales y las demás figuras forman parte de un universo en el que la memoria indígena y la tradición misional conviven desde hace siglos.
Y hoy, 30 de julio, esa memoria vuelve a caminar por las calles de San Ignacio de Moxos. La fiesta vive sus jornadas centrales y sus personajes vuelven a ocupar el espacio público con máscaras, plumas, música y fuego.
La historia no permanece quieta. Vuelve a danzarse.
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