La Paz, 30 de julio de 2026 (ABI).- Por momentos parece una contradicción. La Entrada del Señor Jesús del Gran Poder dura apenas unas horas, pero quienes la bailan dicen que comienza meses antes. Empieza cuando llegan las primeras pruebas del traje, cuando las botas aún huelen a cuero nuevo, cuando el cuerpo descubre que una máscara puede pesar varios kilos y los ensayos dejan de ser una obligación para convertirse en una promesa.
El día de la entrada, esa promesa se transforma en un recorrido de aproximadamente ocho kilómetros por las calles de La Paz, desde las inmediaciones del Cementerio General hasta el corazón de Miraflores. Un trayecto que cada año reúne a decenas de miles de bailarines y músicos, además de cientos de miles de espectadores que convierten la ciudad en un escenario gigantesco. Desde 2019, la Festividad del Señor Jesús del Gran Poder, forma parte de la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco, un reconocimiento que consolidó una celebración donde la fe, la identidad y el folklore boliviano danzan al mismo ritmo.
Detrás del brillo de los bordados, las matracas, las polleras y las plumas existe una realidad que el público casi nunca ve: ampollas, hombros adoloridos, botas pesadas, cinturones que deben soportar el peso del traje y pequeños secretos que solo conocen quienes han bailado durante años.
Si esta será tu primera Entrada del Gran Poder, la Agencia Boliviana de Información (ABI) elaboró este manual con los consejos que los propios fraternos construyeron a partir de más de tres décadas de experiencia.
El error es creer que son muchos kilómetros
A Javier Escalier le basta escuchar el sonido de una banda para saber que llegó junio, esta vez por los conflictos tuvo que postergarse hasta agosto. Hace 34 años baila de manera ininterrumpida en la Morenada Comercial Eloy Salmón. Fue pasante en dos oportunidades y hoy habla con ABI con la tranquilidad de quien ya conoce cada curva del recorrido.
Dice que el primer consejo para un principiante no tiene que ver con el traje, sino con la mente. “Muchos llegan asustados porque dicen: ‘¿Cómo voy a aguantar ocho kilómetros?’. Yo siempre les respondo que no hay que distorsionar la distancia. Parece mucho cuando uno lo mira en un mapa, pero cuando estás bailando con la banda detrás y la gente alentándote desde las graderías, el recorrido pasa más rápido de lo que imaginas”.
Durante más de tres décadas aprendió que los dolores casi siempre aparecen por intentar corregir el traje con demasiados accesorios.
“Algunos se ponen almohadas enormes dentro del saco, hombreras exageradas, toallas, pañales, cualquier cosa para que el traje no les duela. Al final todo ese peso extra termina cansándote más. Lo mejor es una hombrera mediana, bien forrada, y unas esponjas donde realmente hacen falta. Nada más”, cuenta Escalier.
Su recomendación es sencilla: menos improvisación y más precisión. Para evitar que la máscara se desplace basta una esponja bien colocada en la quijada y pequeñas hombreras forradas con tela. Lo suficiente para amortiguar el peso sin sacrificar movilidad.
Con el paso de los años, dice, el cuerpo termina aprendiendo dónde protegerse. “Yo antes usaba de todo. Ahora ya no. Después de 34 años prácticamente salgo de mi casa con mi camisa, mi corbata, calzoncillo largo de diablo, los guantes y las botas para recoger el traje. Ya el cuerpo aprendió”.

Las botas pueden convertirse en el peor enemigo
No importa si la danza es morenada, tinku o caporales, todos coinciden en lo mismo: los primeros amigos y enemigos del bailarín son los pies. Escalier lo explica con la experiencia de quien ha cambiado más de un par de botas.
“Una buena bota tiene taco de madera, buena suela y una plantilla de calidad. Si compras cualquier bota porque es más barata, en la segunda o tercera cuadra el pie empieza a sufrir”, relata.
El consejo también aplica para las mujeres, quienes bailan de China Morena recomiendan usar doble media, primero una de algodón y después las medias nylon, además de elegir la talla exacta y nunca estrenar botas el mismo día.
“En caporales, muchas bailarinas frotan los zapatos con vela para disminuir la fricción y colocan alcohol en el interior para que el cuero ceda ligeramente antes de la entrada”, cuenta Sandra Balderrama, quien no solo baila en el Gran Poder, sino también en otras festividades a nivel nacional como en Oruro, Cochabamba y Potosí y ha participado en diferentes danzas como Tobas, Morenada y Caporales.

Más allá del calzado, las bailarinas de caporales también conocen pequeños secretos que se aprenden con la experiencia.
Cada danza guarda también sus propios secretos. Una fraterna que debutará este año como chola caporal en la Fraternidad Raíces, y que pidió mantener su identidad en reserva, explica que la preparación no termina en el traje o el maquillaje, sino en pequeños detalles que pueden definir la experiencia durante los ocho kilómetros de recorrido.
“Nos recomendaron llevar siempre un par de ganchos por si alguna prenda se suelta y una toalla pequeña para secarnos el sudor, porque hay entradas en las que no existen paradas de descanso. También es importante adaptar un bolsillo con cierre en la faja para guardar el celular o algo de dinero”, relata.
La fraterna también destaca la importancia de preparar los accesorios antes de la jornada. Para evitar que el sombrero se mueva durante el baile, algunas bailarinas colocan ligas sujetas con horquillas, mientras que para los zapatos recomienda proteger las zonas de mayor fricción con micropore antes de ponerse las medias. “Son detalles pequeños, pero después de varias horas hacen una gran diferencia”, afirma.
En tinku, la experiencia dejó otra enseñanza. Mariela Rivera, integrante de los Tinkus Wistus, quien baila desde 2007, recuerda perfectamente su primera Entrada.
“Terminé llena de ampollas en los pies porque las abarcas eran de goma. Ahora siempre las forro con tela polar negra y les coloco plantillas. Parece un detalle pequeño, pero hace toda la diferencia”, revela a ABI.
Los bailarines de tinku también recomiendan utilizar medias gruesas tipo “kaito” para evitar lesiones provocadas por las ojotas.
Otro consejo es sujetar bien las chalinas. Cuando se baila cerca del público muchas personas las jalan para tomarse fotografías o como recuerdo y varios fraternos terminan el recorrido con menos chalinas de las que llevaban al inicio.

El traje debe adaptarse al cuerpo, no al revés
Quienes participan por primera vez suelen preocuparse por el bordado, el color o el brillo del traje, los bailarines veteranos piensan distinto, lo primero es que todo quede perfectamente ajustado.
En la kullawada, Silvia Guaygua, una de las fraternas de la Kullawada Laykas en Gran Poder, recomienda probar el traje varios días antes. “El sombrero debe quedar bien asegurado porque pesa bastante. Los zapatos hay que usarlos antes para amoldarlos, lijar la planta para desgastarla un poco y la rueca siempre debe ir asegurada a la muñeca. Si algo queda flojo, en ocho kilómetros terminará pasando factura», afirma.

Las bailarinas de tinku añaden otro consejo. Una buena faja evita dolores de espalda, especialmente porque la coreografía exige movimientos constantes y posiciones agachadas. Mientras tanto, en morenada los hombres suelen proteger rodillas y cintura.
Escalier admite que muchos usan rodilleras. “El pollerín golpea constantemente las rodillas. Algunos creen que es exagerado, pero cuando terminas la entrada entiendes por qué sirven y más cuando bailas con pasión”, admite.
Accesorios infaltables
Hay algo que todos los entrevistados mencionan: los ganchos. Parecen un detalle menor, pero cumplen una función importante durante el recorrido.
Sirven para asegurar sombreros, polleras, fajas, penacheras, capas, diademas y prácticamente cualquier accesorio que pueda soltarse durante el recorrido.
Más de un bailarín asegura que unos cuantos ganchos gruesos pueden salvar una entrada completa.
Las mujeres de caporales también utilizan micropore para evitar que la pollera lastime la cintura, los tobillos o incluso una buena pantimedia larga para evitar fricciones.
En las danzas livianas también aconsejan llevar una pequeña toalla para secar el sudor y adaptar un bolsillo auxiliar al traje.

En caporales muchas fajas incluyen un bolsillo con cierre para guardar dinero o el teléfono celular sin afectar la estética del traje.
Los tobas refuerzan las plumas con pegamentos especiales. Los morenos ajustan la máscara con pequeñas esponjas. Cada danza tiene sus propios secretos.
El verdadero héroe no siempre baila
Hace décadas, en los años 70, existía la figura del “limonero”. Su misión era sencilla: entregar trozos de limón a los bailarines para aliviar el cansancio. Escalier recuerda que incluso cuando era adolescente acompañó de esa manera a una fraternidad del Gran Poder.
Con el tiempo se convirtió en una nueva figura indispensable, “El aguatero”. Hoy es quien lleva agua, curitas, pañuelos, caramelos, bebidas energéticas y todo aquello que un bailarín puede necesitar durante varias horas de recorrido.
Mariela Rivera sonríe cuando habla de ellos. “El aguatero no puede faltar. Está pendiente de todo: si necesitas agua, un dulce, una vendita ayuda para acomodar el traje o hasta bebidas espirituosas, pero recomiendan no ingerirlas porque en los ocho kilómetros no hay servicios higiénicos para los fraternos”, cuenta entre risas.
Para las danzas livianas, los aguateros cumplen además una función logística. La chola caporal explica que muchas veces son quienes terminan cargando mochilas, prendas de cambio y objetos personales durante todo el recorrido.
“Hubo años en los que un aguatero llevaba más de diez mochilas en la espalda. Por eso también hay que cuidar qué cosas se les entrega, porque ellos ya tienen bastante responsabilidad”, cuenta la chola caporal.
Escalier coincide en la importancia del acompañante, aunque hace una advertencia. “Jamás un moreno que se precie debería bailar en estado de ebriedad. No solo porque no hay baños durante el recorrido, sino porque uno representa una tradición. Un bailarín mareado pierde el ritmo y da una mala imagen de la fiesta”, advierte.
Comer sí. Pero en el momento correcto
Los movimientos constantes hacen que una comida abundante juegue en contra. Los bailarines de tinku prefieren evitar alimentos una hora antes de ingresar y pasar por el baño antes de formarse para empezar el ruedo.
Quienes bailan temprano suelen tomar un desayuno ligero e hidratarse bien desde la madrugada.
Todos coinciden en otro aspecto: el bloqueador solar, más aún porque la entrada se realiza en invierno y el sol paceño puede ser implacable. Después del baile las secuelas persisten durante días.
La inspiración
Cuando se les pregunta cuál es el momento más especial de toda la jornada, los entrevistados no hablan del simple hecho de acabar la ruta.
Silvia Guaygua recuerda otro instante. “La primera vez que vi al Tata del Gran Poder en la puerta de la iglesia sentí una energía que me acompañó hasta terminar la entrada”, rememora.
Escalier piensa en otra imagen: La familia esperando al final del recorrido. “Ahí entiendes que no bailas solo. También bailan quienes te esperan, quienes prepararon tu traje y quienes estuvieron pendientes todo el día”, relata.
Quizá por eso, después de 34 años, continúa levantándose antes del amanecer para volver a vestir su traje de moreno. “Bailar se volvió parte de mi vida”, concluye.
Si no vas a bailar… también hay una forma de vivir el Gran Poder
No todos recorren los ocho kilómetros, miles de personas viven la fiesta desde las graderías y también pueden hacer de la jornada una experiencia inolvidable.
Los espectadores también deben tomar en cuenta algunos aspectos que mejorarán la experiencia de esta jornada.
Llegar con varias horas de anticipación es muy útil incluso si se tiene una gradería comprada. Los accesos vehiculares en la ciudad se congestionan rápidamente.
Es recomendable usar protector solar, gorra y lentes durante el día; cuando cae la tarde, una chaqueta ligera será suficiente para enfrentar el descenso de temperatura.
Llevar agua y algunos refrigerios también es útil. La jornada puede extenderse por más de diez horas e ir a un restaurante no es sencillo, en medio de la multitud.
Es necesario mantener libres las vías por donde avanzan las fraternidades y evitar ingresar al recorrido para tomar fotografías.
Aplaudir el paso de cada danza ayuda a mejorar la relación con los bailarines. Detrás de cada traje hay meses de ensayos, inversión económica y una enorme devoción.
Para asistir con niños o adultos mayores, se debe coordinar previamente un punto de encuentro en caso de separación.
No hay que olvidar cargar la batería del celular. El Gran Poder siempre regala una imagen que merece quedarse para siempre.
Al final del día, cuando la última banda se aleja y las matracas dejan de sonar, queda una certeza compartida por bailarines y espectadores: el Gran Poder no se entiende únicamente por la espectacularidad de sus trajes. Se comprende en los pequeños gestos. En la madre que acomoda un sombrero antes de salir de casa. En el aguatero que aparece con una botella de agua justo cuando las fuerzas parecen acabarse. En el bailarín que aprieta los dientes para seguir un paso más. Y en la multitud que, desde una gradería, descubre que durante ocho kilómetros, La Paz deja de ser una ciudad para convertirse en un inmenso escenario donde la fe también sabe bailar.






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