Las cabezas o gentiles, restos de antiguos pobladores que forman parte de las creencias ancestrales de Coroma y Chipaya, son protagonistas de rituales de Todos Santos, cuando las comunidades los reciben y comparten con ellos esta celebración en honor a los difuntos. | Foto; @PuebloEnLnea.

La Paz, 2 de noviembre de 2026 (ABI).– En el altiplano boliviano, la muerte no siempre significa permanecer bajo tierra. En las localidades de Coroma (Potosí) y Chipaya (Oruro) los ancestros salen de sus tumbas durante Todos Santos y vuelven a ocupar un lugar entre los suyos.

La costumbre rompe por unos días la separación entre el cementerio y la comunidad. Los restos de una pareja de antepasados son retirados de su lugar de descanso, habitualmente de las chullpas, y llevados en procesión por el pueblo. No se trata de cualquier difunto: son considerados los fundadores de la comunidad y el origen de los vínculos que unen a sus habitantes.

“Lo que hacen ellos es, para el 31 de octubre, sacar a los dos ancestros que son los más antiguos. Entre ellos dicen que son los fundadores del pueblo”, explicó a la ABI Milton Eyzaguirre, jefe de la Unidad de Extensión del Museo Nacional de Etnografía y Folklore (Musef).

La pareja, un hombre y una mujer, representa a los antepasados de quienes desciende la comunidad. Por eso, su retorno no involucra únicamente a sus familiares directos: convoca a todo el pueblo, entendido como una gran red de parentesco. Cada familia tiene a sus propios difuntos, pero el ritual comienza con quienes ocupan el lugar más antiguo en esa memoria colectiva.

Después de la procesión, los habitantes permanecen junto a los ancestros durante una vigilia que se extiende entre el 1 y el 2 de noviembre. Luego, los restos regresan a su lugar de descanso. Durante esos días, los muertos no son recordados desde la distancia: vuelven a compartir con los vivos.

Eyzaguirre relata otra práctica que muestra el papel que todavía se atribuye a estos antepasados. Cuando una pareja atraviesa un conflicto grave, puede ser encerrada durante una noche en el mausoleo junto a las cabezas de los ancestros. La experiencia busca que ambos reflexionen y se arrepientan. Según el antropólogo, al día siguiente suelen salir reconciliados.

Los muertos vuelven para ayudar a germinar la vida

En la cosmovisión andina, el retorno de los difuntos también está relacionado con la fertilidad de la tierra. No llegan solo para recibir alimentos y bebidas: vuelven para ayudar a que la vida continúe. “Los muertos tienen que venir a trabajar”, resumió Eyzaguirre.

El antropólogo explicó que la palabra quechua mallki tiene un significado revelador: puede referirse tanto a los muertos como a los brotes de las plantas. La relación expresa una idea profunda: así como las semillas germinan y dan nuevos frutos, los antepasados regresan para contribuir a la renovación de la vida y al crecimiento de los cultivos.

Por eso, las mesas de Todos Santos reciben a los difuntos con alimentos y bebidas que disfrutaban cuando estaban vivos. La bienvenida debe ser alegre. En esta concepción, los muertos no llegan para permanecer como una presencia triste, sino para reencontrarse con sus seres queridos y acompañar el ciclo agrícola.

Las mesas de Todos Santos reúnen alimentos, panes y otros elementos preparados para recibir a las almas, según las costumbres transmitidas de generación en generación. | Foto: RRSS.

Aunque el calendario católico establece que las almas llegan el 1 de noviembre y se marchan el día 2, las tradiciones andinas contemplan una estadía más larga. Los difuntos permanecen entre los vivos hasta carnaval, cuando se desarrollan rituales de despedida. En comunidades como Cacachaca (Oruro) y Macha y Chayanta (Potosí), todavía se conservan ceremonias para despachar a las almas en febrero.

Dos pueblos que conservan una costumbre antigua

Coroma y Chipaya mantienen una práctica que, según Eyzaguirre, tiene raíces anteriores a la llegada de los españoles: la exhumación de restos humanos para compartir con los antepasados.

En tiempos prehispánicos, algunos pueblos retiraban a sus muertos de las tumbas y los colocaban en urnas para participar de celebraciones.

La costumbre permanece en estos dos lugares del altiplano, aunque sus habitantes tienen orígenes distintos. Coroma es una comunidad de raíz aymara, mientras que Chipaya pertenece al pueblo uru, uno de los grupos indígenas más antiguos de Bolivia, que conserva su lengua y parte de sus prácticas ancestrales.

El famoso dibujo original titulado Noviembre: Aya Marcay Quilla (El mes de llevar a los difuntos en brazos), que forma parte de la emblemática obra Nueva corónica y buen gobierno (escrita hacia 1615) por el cronista indígena Felipe Guamán Poma de Ayala. | Foto: RRSS.

El aislamiento geográfico contribuyó a que algunas de estas expresiones culturales se mantuvieran, explicó el antropólogo. En otros lugares también existieron prácticas de exhumación, pero desaparecieron con el paso del tiempo y los cambios religiosos y sociales.

Los Kallawayas y las cabezas que regulan la lluvia

Entre los Kallawayas, en el norte de La Paz, también existe una relación ritual con las cabezas de los antepasados, aunque no está vinculada a una exhumación anual por Todos Santos. En este caso, los restos de antiguos habitantes, conocidos como “gentiles”, cumplen un papel relacionado con el equilibrio de las lluvias.

Cuando llueve demasiado o la sequía amenaza los cultivos, las comunidades pueden retirar las cabezas de antiguas chullpas, donde permanecen resguardadas en espacios funerarios. Se considera que estos antepasados tienen la capacidad de regular la lluvia. Si las precipitaciones se mantienen dentro de lo esperado, no es necesario sacarlos.

Los Kallawayas también preparan mesas rituales para recibir a sus difuntos. A diferencia de otras regiones andinas, utilizan textiles blancos y organizan la ofrenda en niveles que representan el Alax Pacha, el Kay Pacha y el Ukhu Pacha: los mundos de arriba, de aquí y de abajo.

En esas mesas pueden colocar herramientas que pertenecieron a los difuntos, como picotas y palas. Los objetos recuerdan que los antepasados también tienen una tarea: regresar para ayudar a trabajar la tierra y favorecer el crecimiento de los cultivos.

Una despedida que llega en Carnaval

La relación con los muertos no termina cuando se apagan las velas de Todos Santos. En la tradición andina descrita por Eyzaguirre, los difuntos permanecen junto a sus comunidades durante varios meses y se marchan recién en carnaval, mediante ceremonias de despedida.

Así, en Coroma y Chipaya, sacar a los ancestros de sus tumbas no es un acto de miedo ni una simple evocación del pasado. Es una forma de reconocer que siguen formando parte de la comunidad. Vuelven para compartir, recibir alimentos y acompañar la germinación de la vida. Después, cuando llega el momento de despedirlos, regresan a su descanso hasta el próximo encuentro.

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