La Paz, 9 de julio de 2026 (ABI). – El sonido del martillo sobre la hojalata marca el ritmo del trabajo en un taller de maestros mascareros de la ciudad de La Paz. Una lámina de metal comienza a convertirse en el rostro de un diablo. Todavía faltan los cuernos, la pintura y el brillo de las piedras, pero la obra ya está dibujada en la imaginación del artesano. Décadas de experiencia y un conocimiento heredado de generación en generación guían cada creación.
Esas manos son las protagonistas de Artes y Memoria en Yeso y Hojalata, la exposición que permanece abierta hasta noviembre en el Museo Nacional de Etnografía y Folklore (Musef). La muestra reúne piezas, herramientas, procesos de elaboración e historias de las maestras y los maestros mascareros que durante generaciones han dado identidad a las principales danzas del país.

Legado de hojalata y yeso
Fortunato Mamani conoce ese sonido desde 1978. Aprendió el oficio junto al reconocido maestro Benito Cruz Pabón y desde entonces convirtió la hojalata en rostros de diablos, morenos y otros personajes que cada año acompañan las entradas folklóricas.
Recuerda que, en aquellos años, la mascarería en hojalata todavía buscaba consolidarse frente a las tradicionales piezas de yeso. Fue en Oruro donde esa técnica encontró un espacio para perfeccionarse, impulsada por la exigencia de los propios danzarines. Allí trabajó junto a la familia Cruz y otros artesanos que compartían el desafío de mejorar cada detalle.

La materia prima surge, muchas veces, del reciclaje. Las latas de alcohol ofrecen la flexibilidad necesaria para soportar un trabajo que combina fuerza y precisión. Detrás de cada pieza existe un proceso en el que nada queda librado al azar.
“Nosotros nos elaboramos nuestras herramientas”, cuenta Mamani.
Con hierro reciclado, troncos de madera y piezas adaptadas a sus necesidades, los artesanos fabrican los instrumentos que utilizan para repujar, moldear y afinar la hojalata. No existen empresas dedicadas a producir estas herramientas; nacen de la experiencia acumulada por quienes conocen cada secreto del material.



Para Mamani, una creación de este tipo nunca surge de una sola pieza. “Es un rompecabezas”, afirma.
Cada elemento tiene su propio camino: los cachetes, la nariz, la lengua, los cuernos y otros detalles se trabajan por separado antes de unirse mediante soldadura. Después llega la pintura, el cabello, las barbas teñidas artesanalmente y la pedrería que otorga personalidad al personaje.
Con el paso de los años, cada mascarero desarrolla una identidad propia. La práctica permite descubrir nuevas combinaciones de colores, perfeccionar técnicas y convertir incluso los errores en parte del aprendizaje.

Mamani observa con preocupación la expansión de la fibra de vidrio y de las impresiones en 3D dentro de este campo. Reconoce los avances tecnológicos, aunque sostiene que una máquina puede reproducir una forma, pero no el valor de una pieza elaborada de manera manual.
La historia de Janette Quispe refleja otra dimensión de este saber: la transmisión familiar.
Hace 22 años comenzó a trabajar en la elaboración de miniaturas. Al principio, dominar la técnica representó un desafío, pero la constancia le permitió encontrar su propio camino dentro del oficio.
Hoy comparte el taller con su hija, a quien decidió entregar el conocimiento que recibió y construyó durante años.

“Mi herencia va a ser esto. Cuando no esté yo, tú vas a trabajar”, le dijo.
Para Janette, enseñar a su hija significa asegurar que aquello que aprendió no termine con ella. Recuerda la emoción de los primeros años, cuando muchos dudaban de que pudiera lograrlo, incluso dentro de su propia familia.
“Me siento feliz porque he logrado hacer esto, porque hasta mi esposo me dicía, ¿podrás? ¿sacarás? Pero he logrado y ha visto mi trabajo, cómo he elaborado. Ya le he ganado más todavía”, destaca.
Saturnino Ibáñez suma más de 65 años dedicado a la mascarería. La experiencia le enseñó que no cualquier hojalata sirve para este trabajo. Algunas láminas se rompen con los golpes; otras permiten estirarse y adquirir la forma que el artesano busca.
Alejandro Quispe también creció entre materiales, pinturas y personajes festivos. Lleva alrededor de 65 años en el oficio y considera que la etapa final, la pintura, es la que otorga expresión y vida a cada creación. Los colores fosforescentes, explica, aportan el brillo que resalta durante las celebraciones.

“He crecido sobre el arte y ahí estoy”, resume.
Hilarión Casas acumula cerca de 35 años en esta labor. Para él, nadie aprende este conocimiento solo con teoría. “Todo es práctico”, afirma.
El taller es el espacio donde los nuevos aprendices descubren la fuerza del golpe, la paciencia del proceso y los secretos que cada maestro guarda después de años de trabajo.

Benito Gonzalo comenzó a los ocho años junto a su padre. Hoy continúa dedicado a la elaboración de piezas, aunque advierte que cada vez quedan menos mascareros en Oruro y La Paz.
Explica que el proceso comienza con el trazado de cada figura sobre la hojalata. Luego llegan el corte, el moldeado, el biselado, la soldadura y la pintura. Cada etapa requiere precisión, conocimiento y herramientas creadas por los propios artesanos.

Todas esas historias forman parte del recorrido que propone el Musef. Artes y Memoria en Yeso y Hojalata acerca al público a un universo que suele permanecer oculto antes de que una pieza llegue a una fraternidad o a una entrada folklórica.
Detrás de la muestra
La exposición recrea un taller de mascarería donde los visitantes pueden observar herramientas, moldes, materiales y piezas en distintas etapas de elaboración. El espacio permite conocer el trabajo cotidiano de quienes mantienen vivo un saber que combina técnica, creatividad y memoria.




Las piezas parecen haber quedado suspendidas en el tiempo. Ya no acompañan el sonido de las bandas ni el movimiento de los bailarines en las calles. Permanecen inmóviles, como si aguardaran el siguiente redoble de los bombos para volver a formar parte de una celebración.




El recorrido reúne creaciones de la diablada de Oruro, con sus dragones de cinco cabezas elaborados en yeso policromado; de la morenada paceña, representada en hojalata aniquelada con pipa y corona; del ch’unchu, con su característico penacho verde y sus cicatrices; del waphuri de tres rostros, que representa las distintas facetas del poder, además de una colección de mistisikuri, una danza cuya presencia se debilita con el paso del tiempo y que la exposición busca contribuir a preservar.
Cada pieza conserva detrás la historia de un taller, una familia y un maestro o maestra que dedicó su vida a sostener un patrimonio cultural.
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