Monumento a la Columna Porvenir, que permite representar la defensa del territorio. | Foto: RRSS.

Pando, 24 de septiembre de 2026 (ABI). – Hay una historia de Bolivia que transcurrió entre ríos, bosques, caucho, batallas y caminos que todavía esperan consolidarse. Es la historia del norte amazónico, un territorio que primero tuvo que ser explorado, después convertido en una fuente de riqueza, más tarde defendido a un enorme costo en la Guerra del Acre y, finalmente, integrado a “medias” al resto del país.

Antes de convertirse en departamento, Pando fue parte de un territorio que durante décadas se conoció como el Noroeste boliviano. Allí se internaron exploradores, se levantaron grandes centros de producción de goma, se libraron combates y se defendió una frontera que terminaría marcando buena parte de la historia nacional.

El historiador y politólogo Jorge Abastoflor Frey identificó, en una entrevista con ABI, seis capítulos que considera poco conocidos y a los que, a su juicio, no se les ha dado la importancia que merecen: la exploración del territorio, el auge de la goma, la Guerra del Acre, el enorme costo de su defensa, las vías de conexión con el océano Atlántico y la “Marcha hacia el Norte”, que todavía está pendiente.

“Creo que es saludable conocer la historia del oriente y del norte, conocer cuál ha sido el costo de mantener ese territorio bajo soberanía boliviana en recursos, en vidas y también en posibilidades”, afirmó Abastoflor.

La exploración de un territorio que Bolivia apenas conocía

Antes de Pando estuvo el Noroeste boliviano: una enorme extensión de vegetación, más abundante que en la actualidad, distante de los centros políticos y difícil de recorrer por la ausencia de caminos y las características de su geografía.

Para Abastoflor, explorar aquella región exigió mucho más que abrir rutas sobre un mapa. Supuso expediciones, recursos y vidas.

“Bolivia siempre ha tenido poca población para más de un millón de kilómetros cuadrados. Entonces, explorar ese territorio ha costado muchísimo en recursos y en vidas”, explicó.

Entre los exploradores estuvo José Manuel Pando, quien recorrió y estudió el noroeste boliviano antes de llegar a la presidencia. En 1894 fue nombrado comisario demarcador de límites con Brasil y sus expediciones le permitieron conocer los ríos y territorios de una región que años después volvería a recorrer, esta vez al frente de una campaña militar.

La creación del departamento tampoco estuvo al margen de una disputa. Según Abastoflor, desde La Paz se reivindicaba la relación con el noroeste por las expediciones y el papel de Pando, mientras Santa Cruz y Beni tenían una presencia histórica en la región a través de quienes habían llegado durante la explotación de la goma.

Pando fue creado el 24 de septiembre de 1938, durante el gobierno de Germán Busch. Para Abastoflor, la fecha buscó reconocer también a los cruceños que habían dejado su tierra para internarse en el norte y participar en la colonización y explotación del territorio.

Mientras, el nombre rinde homenaje a José Manuel Pando, explorador y expresidente que había conocido de cerca aquella región y que años antes había participado en su exploración y defensa.

Así nació un departamento que condensó diversas huellas del norte amazónico: la exploración, la presencia de pobladores de otras regiones y un territorio que ya había adquirido importancia por la goma y la defensa del Acre.

La goma que “salvó a Bolivia”

Durante el auge de la goma elástica, los ríos amazónicos se convirtieron en rutas de salida para una actividad que transformó el paisaje del norte boliviano. A su alrededor surgieron barracas, embarcaciones y centros donde se procesaba y concentraba la producción gomera.

Auge de la goma, con siringueros que trabajan. | Foto: RRSS.

Bahía, la actual Cobija, fue uno de esos lugares. Abastoflor insiste en que imaginar aquellas instalaciones como pequeñas chozas perdidas en la selva es desconocer la dimensión que alcanzó la economía gomera.

“No era un pahuichi… era un centro industrial muy fuerte”, afirmó.

Las barracas podían albergar a cerca de un centenar de familias, según el dato que rescata el historiador. Eran cientos de personas concentradas alrededor de una actividad que convirtió aquel remoto territorio amazónico en un punto de movimiento económico.

Pero la goma no solo transformó la vida en el norte. Para Abastoflor, tuvo un papel mucho mayor: ocupó el espacio que quedó entre los grandes ciclos de la plata y el estaño y aportó recursos al país en un momento de transición.

“Ese periodo es lamentablemente poco conocido. Entre el auge de la plata y el auge del estaño hay un vacío, y en ese vacío la goma aparece para salvar a Bolivia”, enfatizó.

Mientras el país dejaba atrás la riqueza de la plata y todavía no ingresaba plenamente al ciclo del estaño, los bosques amazónicos se convirtieron, según el experto, en una fuente decisiva de recursos.

La riqueza de la goma también hizo que aquel territorio adquiriera una importancia estratégica cada vez mayor. Con ella llegaron intereses económicos, población y disputas por el control de la región.

La Guerra del Acre, la menos conocida

La goma terminó vinculándose con uno de los episodios más complejos de la historia territorial boliviana: la Guerra del Acre.

Abastoflor considera que es una de las guerras menos conocidas por la población boliviana. Incluso, dice, suele olvidarse que tuvo dos campañas y que ambas ocurrieron en contextos especialmente difíciles.

La primera ocurrió cuando Bolivia todavía arrastraba las consecuencias de la Guerra del Pacífico y atravesaba, al mismo tiempo, conflictos internos. El país había salido de la Guerra Federal y enfrentaba además la rebelión indígena encabezada por Zárate Willka.

En ese contexto, unos 800 hombres fueron enviados al Acre.

Según el historiador, aquellos soldados no fueron derrotados en la campaña, pero el costo fue devastador: apenas unos 70 sobrevivieron.

Después llegó una segunda rebelión en el Acre y Bolivia se encontró sin suficientes fuerzas para enviar al frente. El ejército estaba prácticamente agotado.

Fue entonces cuando el propio presidente José Manuel Pando y el ministro de Guerra, Ismael Montes, tuvieron que acudir a la campaña.

“Se había extinguido el ejército. No había a quién mandar. Entonces tuvieron que ir el Presidente y el ministro de Guerra”, destacó.

Participación de indígenas y mujeres

La defensa del territorio no quedó únicamente en manos de las fuerzas regulares. También involucró a civiles, siringueros, indígenas y mujeres.

Uno de los episodios ocurrió en Bahía, actual Cobija, donde la Columna Porvenir se organizó para recuperar el enclave ocupado por los separatistas.

La fuerza, integrada principalmente por civiles, comenzó siendo pequeña, pero llegó a reunir alrededor de 250 hombres, un número similar al de un batallón de aquella época. La Columna Porvenir creció con el financiamiento del empresario gomero Nicolás Suárez y, con 80 hombres, retomó la barraca de Bahía.

Detrás de ellos estaba una población vinculada a la economía gomera. Abastoflor remarca que las barracas no eran pequeñas chozas perdidas en la selva, sino centros de actividad económica que podían reunir a numerosas familias y trabajadores.

Monumento a Bruno Racua, en Cobija. | Foto: RRSS.

Entre los combatientes estaba Bruno Racua, junto a un grupo de indígenas tacanas. Con el tiempo, el episodio quedó asociado a la imagen de Racua lanzando una flecha incendiaria contra las instalaciones ocupadas.

Abastoflor pide mirar la escena de otra manera.

“No pudo haber sido sólo él. Él estaba liderando o formando parte de un grupo de arqueros indígenas”, remarcó.

Las flechas incendiarias alcanzaron instalaciones donde había combustible y municiones. La explosión permitió a la Columna Porvenir recuperar Bahía, según el relato del historiador.

La defensa también tuvo otros protagonistas. Pedro Salazar participó en las campañas del Acre, mientras Maximiliano Paredes cumplió funciones de centinela en el combate de Riosinho y dio la alarma al advertir la presencia de las fuerzas enemigas. La alerta permitió reaccionar a las tropas bolivianas y fue decisiva para la victoria en esa batalla.

También hubo mujeres. Abastoflor señala que existen registros de mujeres que combatieron con fusiles durante la segunda batalla de Puerto Alonso, posteriormente Puerto Acre.

La campaña avanzó después hacia Puerto Rico, donde las tropas bolivianas se enfrentaron a las fuerzas separatistas en una batalla que el historiador considera prácticamente “ausente de la memoria nacional”.

Dos salidas al Atlántico que Bolivia no terminó de aprovechar

Para Abastoflor, la Guerra del Acre dejó otra consecuencia poco conocida: Bolivia consiguió dos posibilidades de salida hacia el océano Atlántico.

Una de ellas se encuentra en el norte, a través del sistema de los ríos Mamoré y Madera. Desde territorio boliviano, la ruta fluvial conecta con el río Madera en Brasil y continúa hacia la cuenca amazónica. La otra está al este, a través del río Paraguay, que forma parte de la cuenca del Plata y permite llegar por vía fluvial a los mercados del litoral brasileño y argentino.

“Como producto de la Guerra del Acre, Bolivia consiguió dos salidas al océano Atlántico, no una, sino dos: una por el río Madera y otra por el río Paraguay”, sentenció.

Estas posibilidades estuvieron vinculadas al desenlace de la Guerra del Acre y a los acuerdos posteriores. El Tratado de Petrópolis, firmado en 1903 entre Bolivia y Brasil, estableció una permuta territorial y otras compensaciones. El acuerdo incluyó compromisos relacionados con la navegación, el comercio y la construcción del ferrocarril Madeira-Mamoré, destinado a conectar la zona del río Madera con territorio boliviano.

Para Abastoflor, el problema vino después: esas conexiones no alcanzaron el desarrollo de infraestructura que, a su juicio, necesitaban para convertirse en verdaderas vías de integración comercial con el Atlántico.

El historiador también cuestiona la idea simplificada de que Bolivia simplemente “vendió” el Acre. Según su interpretación, lo ocurrido fue una permuta territorial acompañada de compensaciones y posibilidades estratégicas para el país.

“Se dicen muchas cosas, como que se vendió el territorio, cuando en realidad fue una permuta, se cambió territorio por otro, como producto de la Guerra del Acre”, reflexionó.

La “Marcha hacia el Norte” que todavía no termina

Después de explorar el territorio, aprovechar sus riquezas y defenderlo durante la Guerra del Acre, quedó otra tarea: integrarlo de manera efectiva con el resto de Bolivia.

Abastoflor llama a ese proceso la “Marcha hacia el Norte” y considera que es uno de los capítulos menos conocidos de la historia contemporánea del país.

“Llevamos un siglo de retraso”, sostiene en referencia a las dificultades para consolidar las conexiones terrestres y la infraestructura que vincule al norte amazónico con el resto de Bolivia.

El historiador compara esta tarea con la “Marcha hacia el Oriente”, que impulsó el desarrollo de Santa Cruz como uno de los principales núcleos económicos del país. En el norte, considera que los proyectos de conexión avanzaron con interrupciones y quedaron lejos de alcanzar todo su potencial.

Y hace una precisión geográfica que también considera importante para entender la historia: “Pando no es oriente, Pando es norte, es literalmente noroeste”.

Por eso, para Abastoflor, la historia de Pando no debería terminar con la creación del departamento en 1938. Continúa en los caminos que faltan, en los puertos que todavía deben desarrollarse y en las rutas fluviales que ya conectan a Bolivia con mercados internacionales.

Más de un siglo después de las expediciones, del auge de la goma y de las batallas del Acre, aquella historia vuelve al presente.

“Ellos consiguieron el territorio para salir al mar y después nos hemos olvidado de construir los puertos. Creo que para mí esa es la lección más importante que debemos aprender”, agregó.

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