La Paz, 7 de agosto de 2026 (ABI).- En La Paz, el patrimonio no permanece quieto. En enero cabe en las manos de quien sostiene una pequeña casa o un automóvil en la Alasita; meses después ocupa las calles con miles de bailarines que avanzan en devoción al Señor Jesús del Gran Poder. En las comunidades sobrevive en los saberes de los kallawayas y, a orillas del altiplano, permanece entre las piedras monumentales de Tiwanaku.
Según información oficial a la que accedió ABI, cuatro patrimonios muestran la diversidad de una herencia que no se reduce a monumentos ni permanece congelada en el pasado.
Cuando los sueños caben en una miniatura
La primera escena aparece cada 24 de enero, cuando la sede de gobierno se llena de miniaturas. Durante dos o tres semanas, la Alasita convierte al Parque Urbano Central en el principal punto de encuentro de una tradición en la que los deseos adquieren forma y tamaño reducido.
Las manos de los artesanos ofrecen casas, automóviles, dinero, títulos y otros bienes materiales. Son pequeñas réplicas de aquello que las personas anhelan conseguir, vinculadas al Ekeko, el dios andino de la abundancia, al que la tradición atribuye la posibilidad de convertir esos sueños en realidad.



Cada 24 de enero, La gente adquiere casas, autos, títulos universitarios, pasaportes, maletas, billetes, comida en miniatura que representan sus sueños.
Los recorridos rituales que acompañan esta tradición alcanzaron reconocimiento internacional. El 7 de diciembre de 2017, la Unesco inscribió “Los Recorridos rituales en la ciudad de La Paz durante la Alasita” en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
La fe que toma las calles
Cuando el calendario avanza, las miniaturas dejan paso a otra expresión que también toma las calles paceñas. La festividad del Señor Jesús del Gran Poder convierte a la urbe en un escenario de fe, música y danza andina.
La celebración tiene lugar el día de la Santísima Trinidad. Es una expresión del modo de entender y practicar el catolicismo característico del mundo andino y transforma cada año la vida social de La Paz.
La festividad comienza con el evento principal de las celebraciones: un desfile en el que participan unas 95.000 personas que recorren los barrios del oeste de la ciudad en canto y danza como ofrenda a la imagen venerada.

Las danzas poseen un valor sagrado para las 74 fraternidades participantes, mientras el público recibe a cada una con grandes demostraciones de júbilo en las calles. A la celebración se suman unos 35.000 músicos, responsables de las melodías que acompañan el recorrido.
Entre las danzas “pesadas”, denominadas así por su paso lento y el peso de los trajes, destaca la morenada, considerada el baile más icónico de la festividad. También aparecen las danzas ligeras y bailes indígenas como el suri sikuri y el kantus, expresiones que remiten a los orígenes del Gran Poder en el barrio de Chijini.
La fiesta no termina con la puesta del sol. Al día siguiente del gran desfile, la imagen de Jesús es transportada a hombros por el barrio de su Santuario Mayor, donde los fieles le rinden homenaje con incienso, flores y mistura. Y así la celebración se prepara durante todo el año. Con antelación, las fraternidades de músicos y bailarines organizan sus repertorios; artesanos y joyeros reproducen en sus obras aspectos de la festividad y transmiten sus competencias dentro de sus familias de generación en generación.





Declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, el Gran Poder reúne a miles de bailarines y músicos que desfilan por las calles en una masiva muestra de fe, danza y devoción a finales de mayo o junio.
Por todo ello, la Fiesta Mayor de los Andes se convirtió en una de las máximas expresiones de fe y cultura andina de La Paz.
La Unesco reconoció esa dimensión patrimonial el 11 de noviembre de 2019, con la inscripción de la “Festividad de la Santísima Trinidad del Señor Jesús del Gran Poder en la ciudad de La Paz” en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Saberes que sobreviven al tiempo
Pero hay patrimonios paceños que no necesitan una multitud para mantenerse vivos. En Curva y Charazani, en la provincia Bautista Saavedra, los kallawayas conservan una herencia que se transmite a través de saberes, mitos, rituales, valores y expresiones artísticas.
La medicina ancestral constituye la actividad principal de los kallawayas y forma parte de una cosmovisión andina que comprende una manera integral de entender el mundo.



Los kallawayas son famosos en el mundo por sus médicos tradicionales itinerantes, quienes curan usando plantas, animales y minerales.
No se trata únicamente de conocimientos sobre medicina: el patrimonio reúne un conjunto coherente de prácticas y creencias que pertenecen a un pueblo milenario.
La dimensión de estos conocimientos recibió reconocimiento internacional el 7 de noviembre de 2003, cuando la Unesco declaró la cosmovisión andina de los Kallawayas como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. Cinco años después, en noviembre de 2008, pasó a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Donde las piedras todavía cuentan
Y si en los Kallawayas el patrimonio vive en la memoria y en el conocimiento, en Tiwanaku permanece también en la piedra.
El sitio arqueológico fue uno de los grandes centros espirituales y políticos de los Andes y llegó a ser la capital de una de las civilizaciones preincaicas más importantes de la región.

Sus restos monumentales, como la Puerta del Sol, la Pirámide de Akapana, el Templete Semisubterráneo, entre otros de sus grandes colosos, son el testimonio de una sociedad que alcanzó una dimensión cultural y política excepcional y que se desarrolló de manera distinta a cualquier otro imperio prehispánico de América.
Caminar por este sitio significa encontrarse con una memoria que sobrevivió siglos y que hoy permite acercarse a la dimensión que alcanzó aquella civilización.



Su importancia llevó a la Unesco a declarar “Tiwanaku: Centro espiritual y político de la cultura Tiwanaku” como Patrimonio Mundial el 2 de diciembre de 2000.
Es así que el patrimonio paceño pervive. Sus expresiones siguen presentes en la vida de sus comunidades y de su ciudad, como parte de una identidad que se renueva sin perder la memoria de sus raíces.
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