Bailarines de la danza de la morenada en el Carnaval de Oruro. | Foto: Archivo.

La Paz, 7 de septiembre de 2026 (ABI). – Una mariposa, un saltamontes y una mujer conocida como “la mundana” alguna vez formaron parte de la morenada. Hoy casi ninguno de esos personajes aparece en las entradas folklóricas, pero sus imágenes permanecen en fotografías, máscaras y recuerdos que permiten descubrir que esta danza no siempre fue como se la conoce ahora.

Al conmemorar el Día Nacional de la Danza de la Morenada en Bolivia, el antropólogo y jefe de la Unidad de Extensión del Museo Nacional de Etnografía y Folklore (Musef), Milton Eyzaguirre, explicó a ABI que la danza todavía guarda preguntas sobre su origen. Existen varias hipótesis y ninguna permite cerrar por completo la discusión.

Una de ellas relaciona la danza con la llegada de población afrodescendiente a América y su presencia en Potosí. Otra vincula su origen con la balseada, un ritual y una manifestación cultural tradicional del pueblo indígena uru. Una tercera toma como referencia la entrada del virrey interino Diego Morcillo a Potosí, en 1716, representada en una pintura, donde aparece con etíopes africanos. Una cuarta sitúa sus raíces en la región del lago Titicaca, en lugares como Taraco, Guaqui o Achacachi.

“Son varios los orígenes y es un poco complicado determinar cuál de estas hipótesis es la valedera”, explica Eyzaguirre.

Más allá de esa discusión, existen pistas que permiten mirar la morenada desde sus personajes.

Uno de ellos es el tisku tisku, un saltamontes que formaba parte de la danza y que hoy ya no aparece entre los personajes habituales, según el antropólogo. Otro que menciona es el pilpintu, una mariposa que quedó registrada en fotografías de Damián Ayma Zepita, considerado el primer fotógrafo indígena.

Antiguos danzantes de los Pilpintus, una expresión folklórica desaparecida vinculada a la tradición potosina. | Foto: RRSS

Las imágenes de Ayma Zepita, tomadas aproximadamente entre las décadas de 1950 y 1960, muestran a los pilpintus como parte de la morenada. Para Eyzaguirre, la presencia de estos insectos abre una pregunta sobre el significado de la danza.

“Ahora solo vemos personajes como son los barrilitos, los morenos”, señala el antropólogo, quien considera necesario profundizar en el análisis de lo que representan estas figuras.

También existe otro detalle que llama la atención: la morenada no conserva un nombre de origen en aymara. Para Eyzaguirre, esa ausencia constituye otro elemento que todavía requiere investigación.

Los personajes que cambiaron

La morenada tiene personajes que expresan jerarquías y formas de organización social. Entre ellos está el achachi, la figura mayor que encabeza la danza.

En determinados momentos apareció el súper achachi, caracterizado por una máscara de mayor tamaño que podía incorporar dragones e insectos. Su presencia estaba relacionada con una posición de prestigio dentro de la danza.

Según el relato que Eyzaguirre recogió del bordador Jorge Quisbert, en el pasado no cualquiera podía ocupar ese lugar. “Solamente los ‘tuntas’ pueden bailar la morenada”, recuerda que decía el artesano.

Los “tuntas” eran personas que habían alcanzado peso económico y experiencia social. Los “chuños”, en cambio, eran los solteros que todavía no tenían canas y no podían acceder a ese personaje.

La jerarquía también alcanzaba a otros integrantes. El rey moreno representaba a quien dirigía la tropa y ocupaba un lugar superior dentro de la estructura de la danza.

Estaba también el achachi pajla, personaje sin cabello que representaba al capataz y que, según las interpretaciones recogidas por el antropólogo, tenía una condición mestiza dentro de la representación de la danza.

Las mujeres también atravesaron una transformación. Las chinas morenas, por ejemplo, fueron representadas durante años por varones vestidos de mujer. Eyzaguirre recordó que la población LGBTIQ+ de esa época tuvo protagonismo en las fiestas y entradas folklóricas a través de estos personajes.

Uno de los episodios que marcó ese periodo fue el beso de Barbarella a Hugo Banzer Suárez, ocurrido en la década de 1970 durante una entrada del Gran Poder en La Paz. El entonces presidente observaba los festejos desde las graderías cuando pasó un grupo de bailarines de china morena. Entre ellos estaba Peter Alaiza, conocido como Barbarella, quien se acercó al mandatario y le dio un beso en la mejilla.

Barbarella baila en una celebración folclórica rural en 1977. | Foto: Archivo Q’iwa Comunidad Diversidad, Bolivia.

El episodio quedó como una de las imágenes más recordadas de aquella época y es considerado un símbolo de los cambios sociales y culturales que atravesaban las expresiones festivas en el país.

Más tarde, la incorporación progresiva de las mujeres a las fraternidades coincidió con cambios sociales que permitieron una mayor presencia femenina en distintas danzas del mundo andino.

Eyzaguirre recuerda que las primeras vestimentas de estos personajes podían ser menos recatadas que las utilizadas por los varones y que esa característica generó reacciones entre algunos bailarines y sus familias.

Con el tiempo, las mujeres ingresaron de manera plena a estos espacios y las chinas morenas adquirieron la imagen que hoy forma parte de las entradas.

Otro personaje también cambió de nombre. Lo que actualmente muchos identifican como la Negra María Antonieta habría sido conocida antes como la “mujer mundana”, según los testimonios recogidos por Eyzaguirre. Para el investigador, este personaje constituye uno de los antecedentes que permiten comprender la transformación de la china morena.

La cholitas también tienen su propia historia. Antes, las mujeres no acompañaban al moreno; ellos solo llevaban el sombrero o casco en los brazos. Con el paso de los años apareció con mayor fuerza la figura de la chola paceña, que ahora acompaña a su esposo dentro de la danza.

Incluso los sombreros tenían otras características. Algunos eran elaborados con paja y decorados con flores, uvas, manzanas y plátanos. Se los conocía como “pajizos” y formaban parte de la indumentaria que acompañaba a los danzantes hombres.

Una danza que también cambió de ritmo

La transformación no quedó en los personajes. Para Eyzaguirre, Jach’a Flores ocupa un lugar fundamental en la historia reciente de la morenada. José Flores Orozco impulsó la danza a través de sus composiciones y contribuyó a darle una nueva fuerza desde la década de 1970.

En la actualidad, la morenada es la danza principal y más numerosa de la Festividad del Gran Poder en La Paz. 

En esa época, otras expresiones tenían mayor presencia, como los incas, la kullawada y los caporales. La morenada era una danza más, pero las composiciones de Jach’a Flores ayudaron a cambiar su dinámica y a fortalecer su presencia en Oruro y La Paz.

Flores también tuvo un vínculo con el Musef, donde trabajó durante aproximadamente dos o tres años. Su producción musical incluyó composiciones como La Mentirosita, Mamá Panchita y Chiquita Orureñita, además de obras para otras expresiones folklóricas, entre ellas El Chiru Chiru, vinculada con la Diablada.

Para Eyzaguirre, reducir el legado de Jach’a Flores a una o dos composiciones sería dejar fuera una parte importante de su aporte al Carnaval y a otras expresiones culturales bolivianas.

Una danza que refleja su tiempo

La morenada también cambió junto con quienes la bailan. En la actualidad, explica el antropólogo, está asociada con el prestigio y el poder económico. La indumentaria, las joyas, los trajes y los alquileres pueden representar un gasto considerable para los bailarines.

Esa dimensión económica también llevó la morenada hacia otros espacios. El Gran Poder, por ejemplo, se convirtió en una vitrina de esa expresión y su influencia llegó a comunidades rurales, donde los bailarines reproducen parte de la estética y las formas de las entradas urbanas.

Pero este 7 de septiembre, cuando Bolivia vuelve la mirada hacia esta danza, detrás de los trajes actuales permanecen rastros de una morenada distinta. Una mariposa, un saltamontes, una “mujer mundana”, un achachi con una máscara gigantesca o un sombrero de paja con frutas forman parte de una memoria que todavía puede encontrarse en fotografías, testimonios y máscaras.

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