Beni, 6 de noviembre de 2026 (ABI).- En los bosques de Riberalta, Beni, y Apolo, La Paz, el canto de las aves forma parte de los recuerdos de quienes crecieron entre sus árboles. Algunos comunarios aún evocan el sonido del siringuero y las perdices que antes se acercaban a sus viviendas. Hoy, con grabadoras acústicas, buscan descubrir cuántas especies habitan esos territorios y qué voces todavía resuenan entre la vegetación.
En la comunidad Lago San José, en Riberalta, Carmen Tirina Flores recuerda que cuando acompañaba a su padre por el bosque, el canto del siringuero y las perdices se escuchaba cerca, sobre todo alrededor de las cuatro de la tarde. Aquellos sonidos forman parte de una memoria que contrasta con la menor presencia de aves que algunos habitantes perciben en su entorno.
“Las diversidades de aves que había, las paradas, que mirábamos en cada árbol, cerquita, o sea, lo teníamos toda la vida, pero ahora ya es difícil, ya no hay mucho. No la he vuelto a ver”, relata Rocinda Camaya, también de Lago San José.
Ante esas inquietudes, comunarios de Riberalta y Apolo aprenden a escuchar el bosque de otra manera. El proyecto Escucha Aves Bolivia incorpora grabadoras acústicas que registran los sonidos del entorno y permiten identificar las especies de aves que habitan esos territorios.
La iniciativa nació en el marco de Conserva Aves, un programa que impulsa la creación de áreas protegidas junto a las comunidades. Cuenta con el apoyo de Bezos Earth Fund y el liderazgo de Audubon Americas, iniciativa de la organización National Audubon Society, con la participación de la Universidad de Pittsburgh, a través de Kitzes Lab, y WildMon.
En Bolivia, la Asociación Armonía es el socio nacional y ejecutor clave del proyecto, además de coordinar directamente las actividades en los territorios junto con las comunidades locales.
En Beni, el trabajo alcanza a las comunidades Lago San José y Antofagasta, vinculadas al Área Protegida Municipal Aquicuana, donde habita el tororoi.

En Apolo, el pueblo leco participa en el registro de los sonidos de su bosque y de la palkachupa, un ave emblemática de la zona.
Grabadoras que captan las voces del bosque
Los equipos ya fueron instalados en los territorios y registran los sonidos del entorno. Sebastián Herzog, director de Estrategia de Áreas Protegidas para América Latina y el Caribe en la National Audubon Society, explica que las grabadoras captan un minuto de audio cada cinco minutos, entre las 04.00 y las 20.00.
En esos registros no solo quedan las vocalizaciones de las aves. También se escuchan el viento y el movimiento de las hojas, sonidos que forman parte del paisaje acústico del bosque.

Jorge Velásquez, director científico del proyecto, explica que el procedimiento parece sencillo, pero requiere práctica para configurar e instalar correctamente los dispositivos. Por ello, los especialistas realizaron ejercicios con los comunarios antes de llevar las grabadoras al campo.
La identificación de las especies tampoco depende de que una persona escuche una por una todas las grabaciones. Según Herzog, las herramientas tecnológicas permiten procesar grandes cantidades de registros y reconocer las vocalizaciones de las aves.
El trabajo contempla el seguimiento de entre 20 y 50 especies prioritarias, entre ellas aves amenazadas y endémicas, es decir, aquellas que solo existen en determinados territorios. La información permitirá comparar los registros de distintos periodos y advertir posibles cambios en la presencia de las especies.
Herzog explica que, por ejemplo, si una especie registra 50 vocalizaciones en un año y al siguiente aparecen 100 o 30, esa variación podría alertar sobre algún cambio en el entorno. Se trata de una comparación ilustrativa sobre el potencial del monitoreo, no de resultados obtenidos hasta el momento.



Santiago Muñoz Bolaños, biólogo e investigador colombiano, actual Coordinador Senior de Monitoreo de Aves para América Latina y el Caribe en la National Audubon Society, señala que el proyecto busca cubrir la falta de información sobre la diversidad de especies en estas zonas.
El monitoreo acústico pasivo permite reunir numerosos datos con un esfuerzo de campo relativamente bajo y aportar información sobre las poblaciones de aves.
Conservar también es escuchar a las comunidades
La participación de los habitantes resulta central para el proyecto. Antes de instalar los equipos, el trabajo incluyó talleres y reuniones con las comunidades, especialmente en Aquicuana, un área protegida de gran valor ecológico situada en la amazonia boliviana, a unos 20 kilómetros de Riberalta. Allí, la creación de esta reserva generó inicialmente preocupación entre algunos pobladores.

Claudia Coca, consultora social de la Asociación Armonía, recuerda que las distintas figuras de protección del área despertaron temor por la posibilidad de restricciones a las actividades habituales. Por eso, el equipo desarrolló talleres durante varios meses, con comisiones y delegados de cada comunidad.
“Pensábamos que la reserva municipal nos iba a cortar todo”, recuerda Carmen Tirina Flores. Después de recibir orientación y participar en los encuentros, dice que llegaron a una buena conclusión.
Para Herzog, la conservación no puede funcionar sin las personas que viven en el territorio. Su participación en la gestión de las áreas protegidas permite que las decisiones y las acciones de cuidado también respondan a las necesidades de las comunidades.
Los nuevos conocimientos despiertan curiosidad entre los habitantes. Niove Justiniano, de Antofagasta, cuenta que escuchó miles de aves que no conocía y que ahora quiere descubrir más sobre ellas.



Abraham Ejuro Guzmán, por su parte, acompañó a los biólogos durante la instalación de las grabadoras y, al recordar el silbido del siringuero, imita su canto: “fuu, fuu, fuu”.
“Estamos contentos porque hemos terminado el taller y hemos podido adoptar estos conocimientos que antes estaban fuera de nuestro alcance”, expresa Remmy Huanca, autoridad indígena del Centro de Investigación y Promoción del Campesinado.
La experiencia también apunta a las nuevas generaciones. Rocinda Camaya cuenta que tiene tres hijos y procura enseñarles de dónde vienen sus abuelos y por qué deben valorar las aves. Para ella, conocerlas es el primer paso para protegerlas y recuperar aquello que las comunidades sienten que han perdido.
Su deseo es que los conocimientos adquiridos no se queden en los talleres, sino que pasen de padres a hijos y ayuden a conservar los bosques.
Es así que, en Riberalta y Apolo, las grabadoras recogen sonidos que el oído humano no siempre alcanza a distinguir. Entre esos cantos también queda una oportunidad para que las nuevas generaciones conozcan la riqueza de sus bosques y aprendan a cuidar aquello que sus abuelos aún recuerdan.
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