La Paz, 20 de octubre de 2026 (ABI).– Desde una casona colonial de La Paz, antenas y equipos reciben señales que permiten estudiar los movimientos de la Tierra y enviar datos científicos hasta Viena, Austria. Así trabaja el Observatorio San Calixto, una institución que registra la actividad sísmica de Bolivia y aporta información para distinguir un terremoto de una posible explosión nuclear.
“Lo que hacemos es medir los terremotos, medir los latidos de la Tierra y también las variaciones atmosféricas con el infrasonido”, explicó el director del Observatorio San Calixto, Gonzalo Fernández, en una entrevista con la coordinadora residente de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en Bolivia, Anna Pont, difundida por ONU Bolivia.

La labor de esta institución va más allá del registro de los movimientos telúricos. Sus estaciones de La Paz y San Ignacio de Velasco, en Santa Cruz, además de una estación de infrasonido en Peñas, envían datos de alta calidad a la organización internacional encargada de vigilar el cumplimiento del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares.
Fernández explicó que la red internacional permite detectar eventos sospechosos y analizar sus características. El Observatorio aporta información técnica para diferenciar un terremoto de una explosión, mientras que la evaluación sobre la naturaleza de un posible ensayo nuclear corresponde a las instancias internacionales competentes.
Una casona con historia y tecnología
El trabajo científico tiene como escenario una construcción patrimonial del municipio paceño, con más de dos siglos de historia. En sus ambientes coloniales funcionan oficinas y equipos de comunicación que reciben información de estaciones ubicadas fuera de la ciudad.
La primera estación sísmica del Observatorio fue instalada el 1 de mayo de 1913 en la cripta del Colegio San Calixto. Con el tiempo, la institución necesitó espacios propios para sus oficinas y trasladó parte de sus actividades a la casona que ocupa actualmente.

En 1984, con la expansión de la red mundial de sismografía, las estaciones comenzaron a trasladarse fuera de las ciudades para mejorar las condiciones de registro. En el caso de La Paz, una de ellas se instaló en el nevado Huayna Potosí. Los datos debían llegar hasta las oficinas del Observatorio, por lo que se incorporaron sistemas de telemetría y antenas.
La comunicación satelital y el procesamiento digital adquirieron mayor importancia con el desarrollo de la red internacional de vigilancia. Desde la estación paceña, parte de los datos continúa su recorrido hasta Viena.
Potosí concentra buena parte de los registros
Los boletines de la institución muestran que la actividad sísmica forma parte de la dinámica cotidiana del territorio boliviano. Fernández señaló que el número de eventos registrados pasó de 1.061 en 2016 a 2.080 el año pasado.
Potosí concentró 1.526 de los registros de 2025, según las cifras que el director presentó. Le siguieron Cochabamba, con 289; La Paz, con 91; Oruro, con 74; Santa Cruz, con 56; y Chuquisaca, con 40.

Estas cifras corresponden a los registros mencionados por Fernández y no significan que todos los movimientos hayan sido perceptibles para la población. Los instrumentos permiten detectar eventos que pueden ocurrir a distintas profundidades y que, en muchos casos, no se sienten en la superficie.
Un ejemplo se registró el 17 de octubre de este año en la provincia Nor Lípez de Potosí, donde el Observatorio reportó un sismo de magnitud 4,9, a 191,6 kilómetros de profundidad. Por las características del evento, la institución señaló que era poco probable que el movimiento se percibirá o causara daños.
Una red que también depende de las personas
Detrás de las estaciones también hay historias de colaboración. En San Ignacio de Velasco, Santa Cruz, el sacerdote jesuita Ramón Cabré Roige buscaba un lugar adecuado para instalar una estación sísmica en el Cratón Brasileño. Durante sus recorridos conoció a las hermanas Clarisas, quienes le indicaron que en uno de los cerros de la zona había buenas condiciones de roca para instalar los equipos.
Las religiosas se ofrecían a ayudar, pero Cabré, reservado y concentrado en su trabajo, respondía que no era necesario. Hasta que ellas le señalaron que otro cerro podía reunir mejores condiciones que el lugar elegido. El sacerdote hizo las mediciones y comprobó que la sugerencia era acertada.

La distancia también suponía un desafío: San Ignacio de Velasco está a unos 900 kilómetros de La Paz y el viaje por carretera puede tomar dos días. Para garantizar el cuidado de la estación, Cabré decidió confiar esa tarea a las religiosas y les enseñó a leer los registros sísmicos en papel para que pudieran enviarle las señales al Observatorio. Así, las hermanas Clarisas se convirtieron en colaboradoras de una labor científica que necesitaba continuidad, incluso lejos de la sede principal.
El director también llegó al Observatorio por un camino inesperado. Estudió Ingeniería Electrónica y realizó una maestría en Informática antes de incorporarse a la institución para resolver un problema técnico en una estación. Más adelante, con el apoyo de la entonces directora, amplió su formación en sismología en el extranjero y obtuvo un doctorado en Francia.
Hoy, después de 16 años de trabajo en el establecimiento y una década como director, Fernández continúa al frente de una labor que combina tecnología, investigación y cooperación internacional.
La institución también impulsa actividades educativas para que estudiantes y ciudadanos conozcan qué hacer antes, durante y después de un terremoto. El proyecto Educientistas, que comenzó en 2020 durante la pandemia, utiliza herramientas digitales y actividades creativas para acercar la sismología a los jóvenes.
Escuchar los latidos de la Tierra, como los llama Fernández, exige instrumentos especializados, análisis de datos y personas capaces de interpretar señales que el oído humano no percibe.
Así desde la casona histórica paceña esa labor contribuye a conocer mejor la actividad del planeta y a fortalecer la preparación ante sus movimientos.
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