La Paz, 17 de febrero de 2026 (ABI). – Desde la madrugada, el estallido de los cuetillos anuncia en distintas regiones del país la llegada del tradicional Martes de Ch’alla, una de las jornadas más representativas del Carnaval boliviano, dedicada al agradecimiento a la Pachamama.




Con los primeros sonidos, familias comienzan a adornar sus viviendas, negocios y vehículos con serpentinas, confites, flores y mixturas. El colorido marca el inicio de los rituales, en los que se ch’alla con alcohol, vino, cerveza o chicha como símbolo de reciprocidad y respeto hacia la Madre Tierra.
La tradición se vive principalmente en el entorno familiar. Padres, abuelos, hijos y nietos se reúnen alrededor de la k’oa, la mesa ritual que concentra los deseos del hogar, en un acto que refuerza la transmisión de costumbres ancestrales entre generaciones.
En algunas zonas del país, los rituales son acompañados por comparsas de ch’utas, cuyos integrantes, ataviados con trajes coloridos, recorren las principales calles y plazas, aportando música y danza a la jornada. De esta manera se vive el cuarto día del Carnaval, donde la expresión cultural se combina con la espiritualidad andina.
Las mesas rituales incluyen dulces de azúcar con forma de casas, billetes, corazones y animales, además de hierbas aromáticas, miel, lanas de colores, pétalos de flores y bebidas tradicionales. Cada k’oa es distinta y refleja los anhelos de salud, trabajo, estabilidad económica o protección familiar.
Así, con cuetillos, danzas y ofrendas, Bolivia reafirma en el Martes de Ch’alla una de sus tradiciones más significativas, que trasciende la celebración del Carnaval y fortalece la identidad cultural del país.
