Chacaltaya, antes cubierto por su glaciar y hoy sin hielo, pasó de ser símbolo del retroceso glaciar a convertirse en un observatorio clave para estudiar el cambio climático. | Foto: UMSA.

La Paz, 26 de septiembre de 2026 (ABI).- A más de 5.200 metros de altura, una montaña boliviana fue escenario de investigaciones que ayudaron a confirmar la existencia del pión, estuvo vinculada a estudios del sistema Tierra-Luna antes de la llegada del hombre a la Luna y hoy genera información para comprender la atmósfera y el cambio climático. Chacaltaya, cuyo glaciar desapareció en 2009, mantiene así una historia científica de más de ocho décadas.

De acuerdo con información difundida por la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), la actividad científica en Chacaltaya comenzó con investigaciones sobre los rayos cósmicos y evolucionó hacia distintas áreas de la Física, la observación astronómica y, en los últimos años, el estudio de la atmósfera. La universidad considera que esa trayectoria convirtió a la montaña en un referente de la investigación científica desde Bolivia.

La montaña donde se confirmó el pión

En 1947, científicos llegaron hasta Chacaltaya en busca de evidencias de una partícula que la Física intentaba encontrar desde años. En la década de 1930, el físico japonés Hideki Yukawa había planteado la existencia de una partícula relacionada con la fuerza que mantiene unidos a los protones y neutrones dentro del núcleo atómico, pero la teoría todavía necesitaba confirmación experimental.

El brasileño César Lattes, quien trabajaba con el grupo del físico británico Cecil Powell, llevó detectores hasta Chacaltaya con el apoyo del científico español Ismael Escobar, que ya realizaba observaciones meteorológicas en la montaña. La altura fue determinante: muchas partículas procedentes del espacio chocan con la atmósfera y producen otras que pueden desaparecer antes de alcanzar zonas más bajas.

En Chacaltaya se registraron 30 eventos relacionados con la investigación, mientras que en una zona montañosa de los Pirineos, en Francia, se habían observado apenas dos. Esas evidencias contribuyeron a confirmar la existencia del mesón pi, conocido actualmente como pión, y los resultados fueron publicados en la revista científica Nature en 1947, según la UMSA.

El hallazgo vinculó a Chacaltaya con dos científicos que posteriormente recibieron el Premio Nobel de Física. Yukawa fue reconocido en 1949 por su predicción teórica de los mesones y Powell obtuvo el galardón en 1950 por el desarrollo del método fotográfico para estudiar procesos nucleares y los descubrimientos realizados con esa técnica.

La investigación también dejó una base para la ciencia boliviana. La UMSA consolidó en la montaña su Laboratorio de Física Cósmica, que comenzó oficialmente sus actividades en 1952 y convirtió a Chacaltaya en un referente para el estudio de los rayos cósmicos.

Siete años antes de la llegada a la Luna

La historia de la montaña no terminó con el estudio de las partículas. En 1962, científicos estadounidenses llegaron al sitio enviados por el programa de Astrogeología del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) para observar dos regiones del sistema Tierra-Luna conocidas como puntos de libración L4 y L5.

En esas regiones, situadas en posiciones determinadas respecto de la Tierra y la Luna, los investigadores buscaban evidencias de las llamadas nubes de Kordylewski, concentraciones muy tenues de polvo que podían incluir material procedente de la Luna. El estudio formaba parte de las investigaciones destinadas a comprender mejor el entorno espacial que comenzaba a explorar el ser humano.

Chacaltaya ofrecía condiciones excepcionales para ese trabajo. Sus cielos nocturnos extremadamente oscuros, la altura y su ubicación cercana a la Línea del Ecuador permitían realizar observaciones difíciles desde otros puntos del mundo.

La investigación también tuvo participación boliviana. En 1963, el entonces mayor del Ejército, ingeniero geodesta y astrónomo José Antonio Zelaya trabajó junto al equipo científico y realizó observaciones durante varios meses desde la montaña.

Para evitar que el brillo de la propia cúpula afectara las fotografías, Zelaya sacaba el telescopio y la cámara al exterior y trabajaba a la intemperie, soportando fuertes vientos y temperaturas de hasta 23 grados bajo cero. Entre junio y noviembre de ese año se obtuvieron decenas de placas fotográficas de las regiones L4 y L5 y se realizaron mediciones con un telescopio especial.

La infraestructura de la UMSA también formó parte del experimento. Según un informe técnico del USGS citado por la universidad, la energía eléctrica utilizada por el sistema de cámaras provenía de la estación de rayos cósmicos que la casa de estudios superiores mantenía en Chacaltaya.

Así, siete años antes de que el ser humano pisara la Luna, la montaña boliviana ya participaba en investigaciones sobre el entorno espacial relacionado con la exploración lunar. La UMSA señala que aquellos trabajos formaron parte de estudios más amplios que acompañaron el desarrollo de los vuelos espaciales y posteriormente del programa Apolo.

De observar el universo a estudiar el clima

Más de medio siglo después, Chacaltaya mantiene su actividad científica con una nueva mirada: la atmósfera y el cambio climático.

En la montaña funciona una estación de la red de Vigilancia de la Atmósfera Global (GAW) de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), donde se monitorean gases de efecto invernadero, aerosoles, radiación y otros componentes de la atmósfera. En 2022 alcanzó la categoría de Estación Global.

“Chacaltaya tiene la categoría de estación global, es la segunda estación global en toda Sudamérica y la única en Los Andes”, destacó el director del Laboratorio de Física de la Atmósfera de la UMSA, Marcos Andrade.

La información generada desde Bolivia, explicó, contribuye a comprender el cambio climático con estándares internacionales.

La ubicación vuelve a ser una ventaja. Hasta la montaña llegan masas de aire provenientes del océano Pacífico, el Atlántico, la Amazonia y también de La Paz y El Alto. Analizar qué transportan permite estudiar tanto los efectos de la actividad humana como procesos atmosféricos de gran escala.

Los datos son enviados a redes internacionales y pueden ser utilizados por la comunidad científica para estudiar la evolución de la atmósfera.

Entre abril y mayo de 2026, además, 14 científicos de Europa y Estados Unidos llegaron a Bolivia para evaluar las capacidades de Chacaltaya con miras a una futura integración a Actris, una infraestructura internacional que reúne estaciones y laboratorios especializados en aerosoles, nubes y gases atmosféricos.

Una historia que busca volver a las aulas

Para el director del Instituto de Investigaciones Físicas de la UMSA, Martín Subieta Vásquez, la historia de Chacaltaya no debería permanecer únicamente en publicaciones científicas.

Planteó que los estudiantes bolivianos deberían conocer que la montaña contribuyó al conocimiento sobre el átomo y su núcleo que hoy se estudia en las aulas.

“¿Tiene sentido que se estudie Física en el país? La respuesta es sí, porque tenemos una historia detrás”, sostuvo Subieta.

La UMSA busca ahora acercar esa historia a la población y poner en valor un sitio que tuvo vínculos con proyectos y encuentros científicos internacionales desde hace décadas. La intención es que los aportes desarrollados desde Bolivia sean conocidos y reconocidos más allá de las publicaciones especializadas.

La paradoja acompaña el presente de la montaña. Chacaltaya perdió su glaciar en 2009 y quedó como uno de los símbolos visibles del retroceso de los hielos en los Andes. Pero desde ese mismo lugar se mantiene una observación científica permanente de la atmósfera y se generan datos que ayudan a comprender los cambios del planeta.

De los rayos cósmicos al pión, de las investigaciones sobre el sistema Tierra-Luna al monitoreo de la atmósfera, Chacaltaya atraviesa más de ocho décadas de ciencia. La montaña que perdió su glaciar continúa, desde Bolivia, produciendo conocimiento sobre el universo y el planeta.

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