La Ciudad Histórica de Sucre, capital constitucional de Bolivia, deslumbra a los viajeros con su arquitectura colonial y republicana. | Foto: RRSS.

Sucre, 7 de agosto de 2026 (ABI).- Sucre es colonial, blanca y con mucha historia en sus calles. También es tierra de gigantes y, en lo profundo, su gente es fiel creyente de la Virgen de Guadalupe. Más allá, sus habitantes aprendieron a dominar el arte de la lluvia. Esta región boliviana entrelaza el tiempo, la fe y la naturaleza en un mosaico cultural único en el mundo, donde cada rincón parece haber sido esculpido por una fuerza divina y ancestral que se niega a desaparecer con el paso de los siglos.

La Ciudad Histórica de Sucre, capital constitucional de Bolivia, deslumbra a los viajeros con su arquitectura colonial y republicana, un tesoro urbano de fachadas inmaculadas, iglesias imponentes y patios solariegos que fue declarado Patrimonio Mundial por la Unesco el 13 de diciembre de 1991. Caminar por sus calles empedradas es realizar un viaje directo hacia los anales de la libertad sudamericana, respirando el aire de una ciudad que ha sido testigo de los eventos más cruciales del continente.

El pasado de la región es todavía más antiguo, colosal y sorprendente de lo que los libros de historia colonial sugieren de entrada. A 15 minutos en auto desde el centro de la ciudad se levanta el imponente farallón de Cal Orck’o, una descomunal pared de roca que desafía la gravedad y resguarda secretos de una era inimaginable. Fue allí donde el célebre paleontólogo suizo Christian Meyer descubrió la colección de huellas de dinosaurio más grande de todo el planeta, registrando más de 10.000 pisadas fosilizadas. Este impresionante santuario paleontológico demuestra que las criaturas más colosales de la prehistoria caminaron por este mismo suelo, convirtiendo a la capital boliviana en una auténtica tierra de gigantes prehistóricos que fascina a científicos y viajeros de todas las latitudes del globo terrestre.

Devotos en la festividad de la Virgen de Guadalupe.

En lo profundo de sus calles blancas, el espíritu de Sucre late con una fuerza mística y arrolladora cada mes de septiembre a través de la Festividad de la Virgen de Guadalupe, inscrita solemnemente por la Unesco en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad el 9 de diciembre de 2025. Esta grandiosa celebración honra a la amada patrona y protectora espiritual de la urbe, uniendo los corazones de miles de devotos bajo la esmerada organización de la Iglesia Católica y la Asociación de Grupos Folclóricos. La fiesta funde de manera perfecta la fe cristiana con la música, el arte tradicional y la danza, iniciando formalmente con el traslado de la sagrada imagen mariana hacia la fastuosa catedral metropolitana. A partir de ese momento, la ciudad se transforma en un escenario vivo de procesiones iluminadas por miles de velas, oraciones cotidianas y misas solemnes llenas de fervor. Todo esto culmina en una masiva y colorida Entrada Folclórica, un espectáculo sin igual donde miles de músicos, cantantes y bailarines realizan su promesa de fe. En un despliegue de identidad y resistencia cultural, los cantos sagrados y las plegarias de agradecimiento suelen recitarse con profunda devoción en lengua indígena quechua, conectando las raíces prehispánicas con el sentimiento religioso actual.

Más allá del radio urbano de la ciudad blanca, adentrándose en el territorio ancestral de la valiente cultura Yampara, los habitantes de la región mantienen vivos y puros los ritos del Pujllay y el Ayarichi, manifestaciones musicales y dancísticas protegidas por la Unesco como patrimonio universal desde el 26 de noviembre de 2014. Estas complejas expresiones artísticas y espirituales regulan la estrecha relación humana con los ciclos sagrados de la naturaleza y el cosmos. El Pujllay es ejecutado principalmente por los hombres durante la esperada época de lluvias, funcionando como un ritual místico que celebra la renovación cíclica de la vida y la abundancia material traída por el agua del cielo. Al compás vibrante de flautas tradicionales y de una especie de clarinete elaborado con cuerno, los danzantes evocan con respeto al mítico “Tata Pujllay”, vistiendo para la ocasión minuciosos trajes polícromos que son elaborados con suma dedicación y paciencia por las artesanas de la comunidad, quienes cuidan hasta el más mínimo detalle en cada hilo tejido.

El Pujllay funciona un ritual místico que celebra la renovación cíclica de la vida y la abundancia material traída por el agua del cielo.

Cuando la tierra cambia de piel y llega la temporada seca, el orden social, terrenal y cósmico pasa a ser celosamente resguardado por el Ayarichi. Este ritual sagrado se baila con gran unción en honor a los diferentes santos católicos que influyen directamente en la conservación de la vida y la armonía comunitaria. El grupo de ejecutantes comprende de manera exacta a cuatro músicos-bailarines que poseen la notable destreza de tocar simultáneamente la flauta de Pan y el tambor, siendo acompañados de forma armónica por un selecto grupo de dos a cuatro bailarinas. De esta manera, la ejecución de ambos ritos ceremoniales moviliza un vasto y sólido conjunto de redes comunitarias que aportan alimentos y bebidas tradicionales en abundancia para compartir de forma colectiva. Todo este despliegue cultural demuestra con absoluta claridad que en Sucre y en sus comunidades aledañas, el pasado prehistórico, la fe religiosa inquebrantable y el respeto reverencial por las fuerzas de la naturaleza se bailan, se cantan y se viven todos los días en una prosa eterna y conmovedora.

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