Oruro, 7 de agosto de 2026 (ABI).- Hay un momento del año en que Oruro luce sus mejores galas. Las calles se llenan de máscaras, bordados, música y danzas. Por unas horas, la ciudad parece convertirse en un escenario donde se encuentran personajes del cielo y del inframundo del que habla la Biblia, en una representación de la lucha entre el bien y el mal. Y aquí, la batalla no se libra con armas, sino con baile.
Oruro es una histórica ciudad boliviana, situada a 3.735 metros sobre el nivel del mar, famosa por su riqueza folklórica, su pasado minero y su emblemático carnaval.
De acuerdo con datos históricos a los que accedió ABI, el Carnaval de Oruro tiene sus raíces en las tradiciones ancestrales de los pueblos indígenas precolombinos y en la fusión con la religión católica. Se cree que la festividad se remonta a más de 2.000 años y tiene entre sus raíces a los urus, considerados los habitantes más remotos del altiplano.

Según información de la Unesco, Oruro fue un importante centro de ceremonias precolombinas y siguió siendo un lugar sagrado para el pueblo uru después de la llegada de los españoles.
La ciudad fue refundada en 1606 y, pese a que las autoridades coloniales prohibieron las ceremonias indígenas en el siglo XVII, estas continuaron bajo formas vinculadas a la liturgia cristiana. Los antiguos dioses andinos quedaron representados detrás de iconos cristianos y la fiesta de Ito se transformó en un ritual cristiano asociado a la Candelaria, celebrada el 2 de febrero.
De esa transformación también surgió una de las expresiones más características de la fiesta. La tradicional “lama lama” o diablada se convirtió en el baile principal de la región y, con el paso del tiempo, se consolidó como uno de los símbolos más reconocibles de su carnaval.

Cuando los diablos toman las calles
El principal acontecimiento de la fiesta es la entrada, un desfile masivo que recorre las calles durante aproximadamente 20 horas. Los bailarines atraviesan cuatro kilómetros sin interrupción, en una procesión que reúne a más de 60.000 danzarines y 30.000 músicos distribuidos en unas 52 fraternidades.
La entrada se organiza como una procesión de fe a partir del pasante, quien lleva adelante la festividad en honor a la Virgen del Socavón, patrona de los mineros y una de las figuras centrales de la devoción y el folklore bolivianos, con especial arraigo en Oruro. No por nada, un gigantesco monumento y su santuario se levantan en la ciudad como símbolos de la fe y la cultura que acompañan a esta celebración.
Los bailarines, ataviados con máscaras de ojos saltones, orejas puntiagudas y sonrisas adornadas por afilados colmillos, dan vida a diablos y otros personajes. Lejos de provocar temor, sus figuras despiertan impresión y admiración por la finura de sus formas y la perfección de cada detalle. Sus trajes ornamentados completan la escena que distingue al carnaval.
La diablada representa la lucha entre el bien y el mal y tiene entre sus figuras centrales al arcángel San Miguel, vencedor de los demonios. Por eso, los personajes que aparecen durante la celebración no representan una exaltación del mal, sino una expresión simbólica de esa lucha dentro de una festividad marcada por la religiosidad.


El arcángel Miguel y otros personajes de la danza de la diablada.
Sus movimientos se acompañan con instrumentos de bronce y percusión como trompetas, tubas, bombos y platillos, cuyo sonido marca el ritmo de una de las expresiones más reconocibles esta manifestación cultural.
La diablada puede ser su imagen más conocida, pero el carnaval tiene muchos otros rostros. La morenada, los caporales, la llamerada, los tobas, los incas y los suri sicuris, entre otros, forman parte de una diversidad de expresiones que encuentran en la entrada su espacio de exhibición.



Instrumentos de bronce y percusión y otras danzas como la morenada acompañan la festividad del carnaval en Oruro.
Las máscaras, tejidos y bordados también hablan de una tradición artesanal que acompaña a la fiesta. Detrás de cada personaje existe el trabajo de artesanos que convierten telas, hilos y otros materiales en piezas que dan identidad visual a la celebración.
Por esta riqueza, la Unesco declaró al Carnaval de Oruro Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad el 18 de mayo de 2001. Y en noviembre de 2008, fue inscrito en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
El patrimonio de la tierra del quirquincho reúne así una herencia que atraviesa siglos. Cuando los personajes de la diablada vuelven a las calles y las demás danzas se suman al recorrido, aquella antigua celebración adquiere una dimensión que explica por qué Oruro es la capital del folklore boliviano.
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