La Paz, 21 de julio de 2026 (ABI).– En Bolivia, el fuego dejó hace tiempo de ser un fenómeno excepcional. En las últimas dos décadas, los incendios forestales arrasaron más de 62 millones de hectáreas, una transformación profunda del territorio nacional que alcanzó su punto más crítico en 2024, cuando las llamas consumieron 12,6 millones de hectáreas, el peor registro de la historia del país.
La historia se repite cada invierno. Cuando el paisaje pierde humedad y los campos se vuelven secos, los satélites comienzan a detectar las primeras señales: cientos de puntos de calor aparecen sobre el mapa de Bolivia. Son pequeñas alertas que pueden extinguirse sin consecuencias o convertirse en incendios capaces de devorar miles de hectáreas en cuestión de días.
El reporte oficial del 20 de julio de 2026 registró 809 focos de calor y dos incendios forestales activos en el país. Los siniestros se concentraban en el Parque Nacional y Área Natural de Manejo Integrado Otuquis, en Santa Cruz; el municipio de San Lorenzo, en Tarija; y el Parque Nacional Tunari, en Cochabamba. La cifra aún está lejos de los peores registros de la historia reciente.
Sin embargo, los incendios de este año no son un episodio aislado, sino el capítulo más reciente de una crisis ambiental que comenzó a intensificarse hace más de dos décadas.

El primer gran aviso
En 2004, Bolivia registró uno de los primeros grandes episodios de incendios forestales de la era reciente.
Unos 4,8 millones de hectáreas fueron consumidas por el fuego, principalmente en Santa Cruz y Beni.
En ese momento, la magnitud del desastre parecía excepcional. Sin embargo, los años siguientes demostrarían que las temporadas extremas comenzaban a repetirse.
El avance de la frontera agropecuaria, las quemas para habilitar tierras, la expansión ganadera y las condiciones climáticas adversas comenzaron a combinarse en un escenario donde el fuego encontraba cada vez más espacio para propagarse.
Seis años después, Bolivia volvió a enfrentar una emergencia de similares proporciones.
En 2010, los incendios afectaron aproximadamente 4,88 millones de hectáreas. Santa Cruz concentró alrededor de 2,62 millones de hectáreas quemadas, mientras Beni registró cerca de 1,88 millones.
El fuego comenzaba a dejar de ser una excepción y se convertía en un fenómeno recurrente.
2019: la Chiquitanía convirtió el fuego en una crisis nacional
Durante años, los incendios formaron parte de la temporada seca, pero 2019 marcó un punto de inflexión.
La Chiquitanía se convirtió en el rostro de una emergencia ambiental que trascendió las fronteras del país. Las imágenes de bosques cubiertos por humo, animales desplazados y comunidades afectadas mostraron una dimensión del problema que hasta entonces no había sido visible.
Ese año, Bolivia registró 5,3 millones de hectáreas quemadas. Santa Cruz concentró aproximadamente 3,6 millones de hectáreas afectadas, la cifra más alta registrada hasta entonces para un departamento.
La pregunta dejó de ser si los incendios eran eventos aislados. El debate pasó a centrarse en las causas estructurales que permitían que cada temporada seca terminara convirtiéndose en una emergencia.
2024: el año que rompió todos los récords
Cinco años después de la crisis de la Chiquitanía, Bolivia enfrentó la peor temporada de incendios forestales de su historia reciente.
El informe Incendios Forestales 2024: Tras las huellas del fuego, elaborado por la Fundación Tierra, estableció que el fuego consumió 12,56 millones de hectáreas, más del doble del récord alcanzado en 2019.
Nunca antes el país había perdido tanta superficie en una sola temporada. Santa Cruz fue el departamento más afectado, con 8,5 millones de hectáreas quemadas, equivalente al 68% del total nacional. Beni concentró otro 28%.
Ambos departamentos representaron el 96% de toda la superficie afectada por incendios en Bolivia.
Según el informe de la Fundación Tierra, seis de cada diez hectáreas afectadas correspondían a bosques.
Las llamas destruyeron ecosistemas completos, afectaron la biodiversidad, alteraron zonas de recarga hídrica y dejaron consecuencias ambientales que podrían extenderse durante décadas.
El fuego llegó a territorios destinados a conservar la naturaleza
Uno de los datos más relevantes del desastre de 2024 fue la ubicación de gran parte de las áreas afectadas.
En Santa Cruz, la Fundación Tierra identificó que:
• 30% de la superficie quemada estaba dentro de Territorios Comunitarios de Origen (TCO).
• 27% correspondía a áreas protegidas.
• 13% estaba ubicado en tierras fiscales.
En conjunto, cerca del 70% de la superficie afectada se encontraba en territorios destinados principalmente a la conservación o al manejo sostenible de los recursos naturales.
Los municipios más golpeados fueron:
• Concepción, con 2,04 millones de hectáreas quemadas.
• San Matías, con 2 millones de hectáreas.
• San Ignacio de Velasco, con 1,52 millones de hectáreas.
Los especialistas aclaran que la presencia del fuego en estas zonas no significa necesariamente que allí se haya originado. En muchos casos, las llamas comienzan en otros puntos y avanzan durante días impulsadas por el viento, la sequedad y las altas temperaturas.

2025: un respiro después de la peor temporada
Después de la devastación de 2024, el año siguiente mostró una reducción importante.
Hasta septiembre de 2025, Bolivia registró 741.371 hectáreas afectadas por incendios forestales, una cifra considerablemente menor que la del año anterior.
Las autoridades atribuyeron esta reducción a un mayor monitoreo, acciones preventivas y condiciones climáticas más favorables.
Sin embargo, la disminución de los incendios no significó que el problema hubiera desaparecido.
Las condiciones que favorecen la propagación del fuego seguían presentes.
2026: una reacción temprana frente a una amenaza conocida
La temporada seca de 2026 volvió a mostrar imágenes conocidas: brigadistas combatiendo entre humo y ceniza, helicópteros descargando agua y columnas de fuego avanzando sobre distintas regiones del país.
Sin embargo, esta vez la respuesta llegó antes de que los incendios alcanzaran una mayor expansión.
Tras las primeras alertas, el Gobierno activó los mecanismos de emergencia con el despliegue de bomberos, militares, voluntarios, personal especializado y apoyo aéreo en las zonas críticas.
Esta respuesta permitió concentrar recursos en los puntos de mayor riesgo y evitar que los incendios evolucionaran hacia escenarios similares a los registrados en temporadas anteriores.
En Santa Cruz, Tarija y Cochabamba, las operaciones combinaron monitoreo satelital, trabajo terrestre y descargas aéreas de agua para contener el avance del fuego.
Los incendios de 2026 todavía están lejos de la magnitud alcanzada en 2024.
Pero la historia reciente demuestra que las grandes emergencias empiezan mucho antes: nacen con pequeños focos que encuentran un territorio seco, vulnerable y con condiciones propicias para propagarse.
Dos décadas bajo el fuego
Aunque este recorrido toma como referencia los principales hitos ocurridos entre 2004 y 2026, los registros históricos disponibles muestran que entre 2001 y 2023 Bolivia acumuló aproximadamente 62,2 millones de hectáreas quemadas, según datos recopilados por instituciones especializadas.
Beni concentró alrededor de 29,6 millones de hectáreas afectadas, mientras Santa Cruz registró 27,8 millones.
Durante esas dos décadas, ambos departamentos se consolidaron como el principal escenario de los incendios forestales del país.
Al mismo tiempo, el territorio experimentó una profunda transformación productiva.
Entre 2000 y 2023, la superficie cultivada en Santa Cruz y Beni pasó de 1,2 millones a 3,4 millones de hectáreas, mientras el ganado bovino aumentó de 4,7 millones a 8,3 millones de cabezas.
El crecimiento económico de estas actividades estuvo acompañado por una mayor presión sobre los ecosistemas naturales.
Después de veinte años consumidos por el fuego, Bolivia enfrenta un desafío que va más allá de apagar incendios.
El desafío ya no consiste únicamente en responder cuando aparecen las llamas, sino en evitar que cada invierno encuentre nuevamente un territorio propicio para arder.
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