La Paz, 21 de julio de 2026 (ABI).- A sus 98 años, la memoria de Nora Bethsabe Arce, viuda de Suárez, es un puente tendido hacia el pasado de su vida y del país. Aunque en los papeles figure con ese nombre formal, en las calles de San Pedro, donde nació, y en Irupana, donde echó raíces, todos la conocen simplemente como la señora Betty. Hoy, mientras el país conmemora un aniversario más del fin de la Guerra del Chaco, ella de seguro encenderá en su mente el motor de los recuerdos para evocar la historia que unió su vida a la de un hombre que desafió a la muerte en las arenas del infierno verde.

Aquel episodio bélico dejó cicatrices profundas en Irupana. Al menos 40 hijos de esta tierra murieron en el extremo sur de Bolivia cuando defendían la tricolor a mediados de la década de 1930. De ellos, hoy solo queda una viuda: Betty.
La guerra estuvo presente en su destino mucho antes de que el amor golpeara su puerta. Cuando el conflicto con Paraguay estalló, ella era apenas una niña que se alarmaba cada vez que la sirena del pueblo rompía el silencio. En una época sin internet ni televisores a colores, aquel sonido agudo era la única señal de que la Intendencia traía noticias del frente; una multitud angustiada se agolpaba para escuchar los partes de guerra, balanceándose entre la esperanza de un regreso y el luto inminente. El enfrentamiento se extendió entre el 9 de septiembre de 1932 y el 12 de junio de 1935. La paz definitiva entre Paraguay y Bolivia se selló con la firma del Tratado de Paz, Amistad y Límites, suscrito en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, el 21 de julio de 1938. Desde aquel día de julio ambas naciones han vuelto a hermanarse y la Guerra del Chaco sólo ha dejado heridas que cierran con el tiempo.
El dolor de la contienda tocó pronto la puerta de Betty a través de la pérdida de su primo, Mercado Arce, un militar de ojos celestes que cayó en su primer combate. Al mismo tiempo, el conflicto moldeaba la vida de quien años más tarde sería su esposo: Víctor Suárez Paniagua. Víctor marchó al Chaco junto a su padre y su hermano mayor. En una guerra que devoró a una generación entera, la familia Suárez vivió un milagro irrepetible para la época: los tres hombres regresaron con vida a casa.
Víctor cargaba sobre sus hombros la experiencia de haber manejado las ametralladoras pesadas en el frente de batalla. Su viuda relata con asombro que, mientras los ayudantes de su esposo caían uno tras otro bajo el fuego enemigo, él lograba salir milagrosamente ileso de cada enfrentamiento. Esa protección celestial la acompañó siempre, personificada también en la figura de su “madrina de guerra”, doña Dominga Salvatierra, una de aquellas mujeres civiles que el pueblo nombraba para rezar y sostener moralmente a los soldados.

A los 15 años, la joven Betty ya trabajaba en la Intendencia Central del Ejército en La Paz, un lugar que de niña había visto costurar ropa para las tropas. Un feriado de agosto decidió viajar a Irupana para visitar a su madre, sin saber que una sugerencia materna la convencería de quedarse en ese rincón paceño para siempre. Fue allí donde conoció al veterano Víctor, un hombre que le llevaba 14 años de diferencia, pero con quien sellaría un pacto de amor inquebrantable cuando ella tenía 19 años y él 33.

El matrimonio con un benemérito traía consigo las secuelas invisibles de la pólvora. Betty recuerda con una sonrisa pícara el carácter “molestoso” de su esposo, una coraza típica de los hombres que volvieron del Chaco, quienes a veces, al terminar de almorzar, bromeaban despachando a todos con un fuerte temperamento que se convirtió en anécdota familiar. A pesar de las cicatrices de la guerra, Víctor construyó junto a ella un hogar sólido y respetado por un pueblo que siempre trató a sus héroes con honores.
Criar una familia en la Bolivia de mediados de siglo fue una verdadera odisea que Betty enfrentó con valentía. Juntos tuvieron siete hijos, incluyendo a unos mellizos que llegaron al mundo por sorpresa en 1958, en una época donde los partos se atendían en casa con la ayuda de parteras tradicionales y sin ecografías previas. La casa se llenó de vida, de contrastes entre hijos morenos como el padre y blancos como la madre, coronando la numerosa descendencia años después con la llegada de su hija Carlita.
Hoy, Víctor descansa en el mausoleo que los beneméritos construyeron en Irupana, y su nombre figura en la lista de héroes que adorna la puerta de la iglesia del pueblo.
Betty no piensa irse. Tiene una rutina que la mantiene activa y llena de vida. Despierta después de las nueve y, con la ayuda de una joven que va a verla a diario, se levanta de la cama y se arregla para enfrentar el día. Luce las uñas pintadas y coloca siempre un moño en su cabello blanco. Los domingos tiene antojo de jawita y se da el gusto. Sus días más felices suceden cuando sus hijos están cerca. Recién estuvo Carlita acompañándola y dándole charla; suelen conversar animadamente hasta que a la matriarca le da sueño, empieza a perder la mirada en el horizonte y cae en un letargo ligero.
Desde su hogar, rodeada por el cariño de sus 7 hijos, 16 nietos y 11 bisnietos, la señora Betty contempla el presente con la serenidad de quien lo ha vivido todo. Cuando el país guarde silencio por los caídos del Chaco, ella celebrará su propia victoria: haber transformado el dolor de la guerra en el legado vivo de una familia gigante… feliz y unida.

